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La profecía de Thebos (avance)

A continuación podéis leer un avance de La profecía de Thebos, la primera novela escrita por mí que verá la luz el próximo 29 de agosto. Si os gusta lo que leéis, no dudéis en comprar el libro. También está disponible este avance en la plataforma Lektu.

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Capítulo 1

Las luces del coche rojo atravesaban la negrura de la noche. El cielo estaba encapotado, lo que impedía que la luna y las estrellas arrojaran un poco de luz sobre la serpenteante carretera. El coche, un Fiat Bravo con casi veinte años y más de medio millón de kilómetros en su chasis, circulaba despacio por aquel camino traicionero. Al volante, Sergio mantenía todos sus sentidos puestos en la conducción. Si tuviera un accidente, no sería el primero en morir en aquella zona montañosa y, a buen seguro, tampoco sería el último.

Después de sortear el tramo de curvas y precipicios se relajó un poco, atreviéndose a aumentar un poco la velocidad. Ya estaba cerca. A lo lejos se podía ver el tenue brillo ambarino que desprendía el deficiente alumbrado público de Quintanamartas. Respiró hondo, expulsando la pena al exhalar.

El pueblo, un conglomerado de casas bajas de no más de dos plantas, parecía dormido. En realidad, más que dormido, estaba muerto, casi deshabitado por completo. Solo un puñado de vecinos permanecía viviendo en la rústica localidad. Sergio la atravesó despacio, intentando que el motor no alterara la silenciosa tranquilidad que envolvía Quintanamartas. Cuando pasó la última casa buscó la pequeña explanada que había en la margen derecha de la carretera y detuvo el vehículo.

Volvió a tomar aire varias veces antes de decidirse a salir, hasta que por fin cogió la mochila que llevaba en el asiento del copiloto y abrió la puerta. El calor le abofeteó con fuerza. Por culpa del aire acondicionado del coche había olvidado que estaban en julio, sufriendo una terrible ola de calor. Limpiándose la fina película de sudor que había comenzado a cubrirle la cara se asomó al mirador junto al que había aparcado. La oscuridad impedía disfrutar de las magníficas vistas de las montañas, los bosques y los verdes valles.

Había llegado el momento. Se dio la vuelta y comenzó a caminar, subiendo por un pequeño sendero a través de un prado, sin alejarse mucho del pueblo. Conocía muy bien la zona. Había pasado multitud de horas jugando en el pueblo y correteando por los alrededores. No podía decirse que fuera su hogar, pero estaba muy cerca de serlo. Eran muchos los veranos que pasó con sus abuelos, y muchos más los fines de semana que disfrutó de aquella vida en libertad. Sí, fueron buenos tiempos.

Sin embargo en esa ocasión Sergio no había venido a disfrutar. Dudaba que alguna vez volviera a hacerlo allí. Si algo le unía a aquel lugar era su abuelo, pero el viejo Ricardo, como era conocido por los pocos vecinos que aún residían en Quintanamartas, había muerto cuatro días antes. Una tragedia, decían. Los escasos habitantes del pueblo habían acudido al funeral, tristes y conmocionados por la pérdida de un amigo. Los únicos parientes que asistieron fueron Sergio y su hermana pequeña Teresa, la única familia viva que le quedaba. Recibieron pésames y condolencias, palmadas en la espalda y abrazos de ánimo de gente a la que no conocían, si acaso solo de vista. Sergio pensó que nunca volvería a aquel lugar.

Tres días después estaba allí, contradiciendo esa idea.

Como era de esperar, se había abierto una investigación para esclarecer las causas que provocaron el incendio que arrasó la casa en que vivía su abuelo y que, por extensión, acabó con su vida. No tardaron mucho en encontrar respuestas: un cigarrillo mal apagado. Los bomberos que acabaron con el incendio dijeron que había que darle las gracias a la diosa Fortuna ya que, debido al calor y la sequía que asolaban el país, parecía imposible que el fuego no se hubiera propagado, afectando a una zona mucho mayor y alcanzando cotas que se podían calificar como catastróficas.

Sergio protestó, argumentando que nadie en esa casa fumaba. No solo hacía muchos años que su abuelo había dejado aquel desagradable hábito, sino que estaba aquejado de una grave afección pulmonar. ¡Era imposible que diera una calada sin ahogarse!

—Mira, hijo —le dijeron los abogados que se encargaban del caso—. Sé que estás pasando por un momento difícil, pero tienes que comprender que la gente guarda secretos, muchos de ellos con la intención de ocultar cosas a los que más les quieren. Cuanto antes lo aceptes, antes podrás pasar página.

Pero Sergio se negaba a aceptarlo. Sí, todo el mundo guardaba secretos, pero fumar no era uno de los de su abuelo. Y tenía intención de demostrarlo.

Esa era la razón por la que estaba allí, en mitad de la noche. Iba a entrar en casa de su abuelo y encontrar pruebas que señalaran en otra dirección.

En pocos minutos llegó hasta una cinta amarilla que delimitaba la zona acordonada. La casa, un pequeño edificio de dos plantas ligeramente apartado del resto de construcciones del pueblo, iba a ser derribada en pocos días, aunque para la inexperta opinión de Sergio no se encontraba en un estado tan desastroso como para que fuera necesario hacerlo. A la luz de una potente linterna pudo ver que todas las ventanas estaban rotas. Una parte del tejado había desaparecido, dejando la chimenea igual que si fuera una extraña columna en mitad de la nada.

Enfocando el suelo ennegrecido que debería pisar, Sergio avanzó hasta la puerta principal. La parte inferior de la puerta parecía estar en buenas condiciones, pero la superior casi se había consumido por completo. La cerradura estaba reventada, casi seguro que por el ariete de los bomberos cuando quisieron entrar. Sergio intentó abrirla, y tuvo que empujar con fuerza para que girara.

Cuando traspasó el umbral los ojos se le llenaron de lágrimas. Todo lo que había allí estaba destrozado. Multitud de recuerdos le acosaron al reconocer muebles y estancias. A la derecha se abría la cocina, antes una habitación cerrada. La mesa y las sillas aún conservaban el armazón metálico, pero de las partes de madera y tela no quedaba ningún rastro. Tampoco estaban los muebles donde se guardaba la vajilla, los vasos y los cubiertos. Solo se veían el fregadero de piedra y la vieja lavadora, que parecía estar intacta. A la izquierda se deberían encontrar las escaleras, pero no había rastro alguno de ellas; el fuego había consumido el único medio que tenía para acceder al piso superior.

Un poco más adelante estaba el salón, donde él y Teresa se sentaban a ver la tele a la hora de merendar. Sonrió al recordar las discusiones que tenían por ver quien se salía con la suya para poner el programa que quería. Él siempre quería ver Oliver y Benji, y Teresa… no estaba muy seguro de que le gustaba por aquel entonces, pero seguro que era alguna ñoñería de princesas o algo por el estilo. Ahora el sofá en el que siempre se sentaban había quedado escondido debajo de una enorme cantidad de escombros y de una cama de matrimonio. Miró al techo y vio el agujero por el que había caído. Esa era la habitación de su abuelo. Al lado de la cama también había otros muebles que no pertenecían al salón. Dos mesitas de noche, un aparador y un perchero que formaban parte del mismo dormitorio que la cama.

Un cajón entreabierto en una de las mesitas despertó a Sergio de su sueño de añoranza y le recordó que tenía una misión. Se descolgó la mochila y sacó unos guantes de látex; no quería dejar ninguna huella que indicara que había adulterado pruebas. También cogió una videocámara para registrar sus descubrimientos. Había pensado en utilizar la cámara de su móvil, pero se dio cuenta de que apenas vería nada con la escasa luz con la que quería trabajar. Pensando que había sido buena idea pedírsela prestada a su amigo Diego, la encendió y se acercó a la mesita. Estaba volcada en el suelo, con las patas y un lateral quemados por el fuego.

Tiró del cajón que ya estaba abierto, pero no consiguió abrirlo más. El armazón de la mesita estaba deformado por el calor del fuego y por el golpe recibido al caer desde el piso superior. Con un poco más de esfuerzo del imaginado consiguió sacar el cajón lo suficiente para poder ver el interior. Nada, solo unos papeles que se habían salvado milagrosamente del fuego. Los cogió para echar un vistazo, y descubrió con sorpresa que eran cartas que se habían mandado sus abuelos cuando eran novios. Sonriendo, las guardó en la mochila, con cuidado de no estropearlas.

Iba a pasar al siguiente cajón cuando se dio cuenta de que todavía quedaba algo más. Lo sacó con mucho cuidado y fue a guardarlo también en la mochila, pero no pudo resistir la tentación. Abrió el álbum de fotos y se sorprendió de lo que vio.

Eran fotos viejas y antiguas. Su abuela se las había enseñado mil veces a Sergio y a Teresa cuando eran niños. En su mayoría mostraban a unos muy jóvenes abuelos disfrutando de multitud de placeres de la vida: en una playa, con amigos, pasando un día de campo, haciendo turismo por algunas ciudades. En alguna que otra imagen se podía ver también a su padre cuando era niño, muy parecido al propio Sergio. Sin embargo nada de esto llamó su atención. En las fotos había quemaduras. Y a juzgar por lo que veía, eran quemaduras intencionadas, como si estuvieran hechas con un cigarrillo. Todas ellas tenían un mismo objetivo: el rostro de su abuela. En cada una de las fotos en que aparecía la mujer, una quemadura agujereaba el papel donde debería aparecer su cara.

Una ligera pero ardiente brisa le produjo a Sergio un escalofrío, y se dio cuenta de que estaba empapado en sudor. Aunque estaban en plena ola de calor, las noches ofrecían cierta tregua. No obstante, la temperatura que notaba ahora era igual o mayor que la que se hacía sentir durante las horas más calurosas del día. Intentó secarse la frente con la manga de la camiseta, pero esta se le había pegado al cuerpo por culpa del sudor. Comenzaba a sentir que le costaba respirar y se dio la vuelta para salir al exterior de la casa. Sin embargo algo se lo impidió.

Una misteriosa fuerza le arrebató el álbum de fotos de la mano, que salió volando.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó al aire vacío. Estaba tan asustado que su voz apenas resultó un susurro.

Algo llamó su atención. Frente a Sergio flotaba un pequeño resplandor del que emanaba calor. No era mayor que una chispa pero la luz que emitía no era comparable a la temperatura que desprendía. El resplandor comenzó a crecer, y Sergio no alcanzó más que a retroceder un par de pasos. Era una bruma luminosa que, según crecía, iba definiendo sus formas: cabeza, torso, brazos, piernas. Aunque no se apreciaban rasgos, la figura era indudablemente humana. La niebla que formaba el cuerpo fluía y bailaba, y de pronto estalló en llamas.

Sergio lanzó un grito asustado. Estaba viendo un ser compuesto solamente por fuego. Quería salir de allí corriendo, pero su cuerpo no le respondía. Solo cuando esa cosa avanzó hacia él fue capaz de reaccionar. Se dio la vuelta e intentó correr hacia la puerta, pero lo único que consiguió fue tropezarse. El fantasma de fuego dio unos pasos, quemando el suelo a su paso. Sergio logró levantarse y emprender la huida, pero un golpe en la espalda le hizo perder de nuevo el equilibrio.
A su alrededor vio que las llamas se propagaban, adhiriéndose a las paredes ya ennegrecidas y comenzando un nuevo incendio. Mientras se ponía en pie se dio cuenta de que la mochila que llevaba a la espalda estaba ardiendo. Entre gritos de terror y angustia consiguió arrancársela. Intentó apagarla golpeándola contra el suelo, pero sus esfuerzos fueron inútiles. El llameante ser se acercó más y puso el pie sobre la mochila, que comenzó a arder con mucha más intensidad.

Medio arrastrándose, Sergio consiguió alcanzar la puerta y salir al exterior. El aire le resultó fresco y reconfortante, pero no podía quedarse allí. Miró a su espalada y vio que la casa entera estaba en llamas. No había ni rastro del fantasma de fuego, aunque no necesitó verlo para salir corriendo.

Ahora ya estaba seguro. Acababa de descubrir qué era lo que había matado a su abuelo.

Después de la muerte de su abuelo en un trágico incendio, Sergio descubre de forma accidental la existencia de una realidad más allá del mundo conocido: el mundo sobrenatural. Desde entonces pasa largos años de investigación por cuenta propia hasta que acaba siendo reclutado por una organización secreta, el Grupo, dedicada a que lo paranormal no interfiera con la realidad cotidiana. Tras un periodo de dura preparación, repleta de estudio, entrenamiento y sacrificio, Sergio comienza a realizar trabajo de campo junto a su compañera Juliette. En una de sus primeras misiones ambos se ven involucrados en una aventura que, aunque les viene demasiado grande, no pueden eludir, ya que una profecía vaticina el alzamiento del Señor del Mal y la aparición de un legendario escudo, el arma más poderosa que jamás haya portado un hombre.

La Profecía de Thebos se desarrolla en un ámbito de fantasía urbana, combinando ingredientes de terror con otros de aventura, mostrando una versión del mundo actual en el que magia y terribles criaturas coexisten con la realidad conocida.

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