© 2018 por Jorge Pérez García. Creado con Wix.com

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Enterrado

Cuando abrí los ojos solo vi oscuridad. Una oscuridad tan penetrante como si me encontrara en un ataúd. «Qué idea tan alegre», pensé para mis adentros.
Me sentía desorientado, muy desorientado. No recordaba nada de lo que había hecho antes de llegar allí. ¿Habría estado de fiesta? No sería la primera vez que me cogía una borrachera tan descomunal que ni siquiera era capaz de recordar cómo había llegado a casa.
Sin embargo había un pequeño problema: esa no era mi casa. Estaba casi seguro. O, por lo menos, ese no era mi cuarto. Junto a mi cama debería haber un reloj-despertador de esos que siempre proyectan la hora en el techo, y en el techo no se veía ningún rastro de los números rojizos. Tampoco me pareció que me encontrara en alguna de las otras habitaciones. Si de verdad había llegado a casa tan borracho como para no acordarme de nada me extrañaba mucho que no hubiera ido directo a mi cama, mucho menos ponerme a bajar las persianas de otro dormitorio que no fuera el mío.
Durante un momento dudé si aquella era mi casa, y al final decidí que no lo era. Quizás tuve suerte y conseguí seducir a una bella y atractiva mujer, y en aquel momento me encontraba en su cama, después de haber disfrutado de un buen rato —o quizás no, ya se sabe cómo puede resultar la mezcla de alcohol y sexo—. Pero tampoco parecía que aquello fuera lo que estuviera ocurriendo. Si otra persona duerme a tú lado puedes sentir su calor, sus pulsaciones, su respiración. No era el caso, allí solo estaba yo.
Sacudí ligeramente la cabeza y no noté los efectos de ninguna resaca, ni de las fuertes ni de las más suaves, así que pensé en aparcar de momento la idea de la borrachera.
Intenté con todas mis fuerzas recordar que es lo que había hecho para llegar a aquella situación, aunque resultó completamente imposible. Es más, ahora que me daba cuenta, ni siquiera recordaba nada anterior a haberme despertado en aquella oscuridad.
Empecé a ponerme un poco nervioso porque, ¿quién era yo? Parecía imposible que no me hubiera percatado hasta ese momento de que también había olvidado mi propia identidad. Pero así era. No tenía la menor idea de cómo me llamaba, ni la edad que tenía, ni en qué idioma estaba formulando todos aquellos pensamientos. Resultaba curioso porque solo un rato antes había rememorado como era mi casa. Ahora no podía estar seguro de que realmente tuviera una casa.
Eso no podía seguir así, por lo que tomé una decisión: había llegado el momento de saber dónde diablos me encontraba. Intenté incorporarme pero no pude, mi cuerpo no respondía. El nerviosismo se hizo un poco más acuciante. Volví a intentarlo, con idéntico resultado. Mi respiración comenzó a hacerse más agitada. Realicé un nuevo intento, pero seguía siendo incapaz de moverme lo más mínimo.
Intenté relajarme y respirar hondo, tomando aire por la nariz y expulsándolo por la boca. Con solo dos inspiraciones recobré la tranquilidad.
Algo más calmado me puse a evaluar la situación. Me centré en mis brazos, que estaban junto a mi cuerpo con las palmas abiertas pegadas a mis piernas. Intenté mover los dedos, y una súbita alegría me invadió cuando vi —más bien sentí— que lo conseguía. Azuzado por ese éxito volví a intentar incorporarme, y de nuevo me invadió la inmovilidad. Salvo que esta vez noté algo diferente.
Ahora que me encontraba mucho más sosegado comprendí la razón a mi parálisis. En realidad no es que estuviera paralizado, sino inmovilizado. Era como si estuviera atado, solo que no eran unas cuerdas lo que me retenían.
—¡Socorro! —grité cuando mi mente encontró la respuesta más lógica—. ¡Necesito ayuda!
Ya entendía porque aquel lugar estaba tan oscuro como el interior de un ataúd. ¡Era un ataúd! ¡Me encontraba en el interior de un maldito ataúd!
La cuestión era, ¿cómo diablos había llegado hasta allí?
Quizás me hubieran drogado, raptado y enterrado. Sí, aquella era la explicación más plausible porque, ¿qué otra podía haber? Eso también explicaba por qué no recordaba nada de mi pasado. Debía ser un efecto secundario de la droga que me habían administrado. Lo más probable es que en pocos minutos la desorientación fuera disminuyendo, recobrara mis recuerdos y fuera capaz de salir de aquella maldita caja.
De pronto otra duda me asaltó. ¿Cuánto oxigeno me quedaba? No tenía la menor idea del tiempo que llevaba allí metido. Tal vez hubiera agotado la mitad del aire mientras estaba inconsciente. A sabiendas de que, precisamente, era lo que debía evitar, la respiración volvió a dispararse, entrando de nuevo en un estado de nervios que podía llegar a ser contraproducente en una situación como aquella.
El miedo se apoderó de mí. Sé que comencé a gritar, aunque no tengo la menor idea de si dije algo con sentido o solo lancé alaridos ininteligibles. Lo más probable es que me limitara a soltar gritos e improperios a todo aquel que quisiera —y pudiera— oírme. Empecé a revolverme dentro de la caja, sintiendo el roce de la seda que separaba la fría madera de mi cuerpo.
Sabía a la perfección que así no iba a conseguir nada. De nuevo intenté relajarme, aunque en esta ocasión todos los esfuerzos fueron en vano. Cada vez me encontraba más nervioso. Notaba como mis músculos se contraían una y otra vez, como mis brazos, piernas y cabeza golpeaban las paredes y el techo del ataúd.
Me retorcía y gritaba allí dentro, y la tapa cedió un poco. Una ligera lluvia de tierra húmeda cayó sobre mi cara. Como si hubiera vertido un poco de gasolina sobre una llama con la intención de extinguirla, esa poca tierra avivó mis esfuerzos por salir de la caja.
Seguí retorciéndome, haciendo que cada vez cayera más tierra al interior del ataúd. Cuanta más tierra entraba, más energías tenía yo y con más fuerza me movía, permitiendo que entrara más tierra y alimentando de esa forma el círculo vicioso. Al final, casi como si estuviera poseído, conseguí abrir la tapa, provocando una autentica cascada de tierra y arena al interior que me cubrió por completo, llenando en mi boca y cegando mis ojos. Por un instante creí que moriría ahí enterrado, pero tuve suerte y la tierra no estaba muy compactada, por lo que no me resultó muy complicado alcanzar la superficie. Salí al exterior lanzando un grito y escupiendo tierra, como si del monstruo de una película de terror se tratara. De nuevo, y pese a que me estrujé fuertemente el cerebro, no recordé ninguna película, ni de terror ni de ningún otro tipo.
Cuando por fin salí de aquel maldito agujero me di cuenta de que me encontraba en un cementerio. Los cabrones que me habían enterrado allí se habían esmerado para que mi cadáver no fuera encontrado en ningún sitio en que desencajara.
Empecé a caminar, buscando la salida de aquel tétrico lugar. Un fuerte ataque de tos hizo que me doblara por la mitad, escupiendo tierra que me todavía me quedaba en la boca. ¿Cómo era posible que no me hubiera molestado hasta ese momento? Aquello me parecía un poco raro, pero tenía cosas más importantes de las que preocuparme.
No me costó mucho encontrar la salida del cementerio. Al fin y al cabo el cementerio no era más que una pequeña extensión rectangular con medio centenar de cruces de mármol, tres estatuas que representaban ángeles y otras dos de la virgen María, y media docena de cipreses, todo ello rodeado por la tapia que delimitaba el camposanto. No me supuso mucho esfuerzo reconocerlo como el cementerio de mi pueblo.
¿De mi pueblo? Ese pensamiento fue demasiado fugaz. No sabía quién coño era, así que menor idea tendría de si tenía pueblo o no, y tanto menos cual era este. De cualquier manera, conocido o no, yo quería salir de aquel lugar que albergaba y representaba la muerte.
Al llegar a la puerta, una enorme verja de hierro forjado, vi que estaba abierta. No de par en par, como si alguien hubiera salido y dejado la puerta de cualquier manera. Las dos hojas estaban cerradas y una gruesa cadena las unía. Sin embargo el candado que debía sellar esa unión estaba solo puesto por encima, con la arco de acero enganchado a dos eslabones pero sin quedar asegurado en su cierre. Con algo más de dificultad de la imaginada conseguí retirar el candado, y con mucho más esfuerzo todavía desenmarañé las cadenas. Luego empujé las verjas, que se abrieron con un chirrido, lo suficiente como para poder pasar. Una vez del otro lado intenté volver a dejarlo todo como estaba, pero al cabo de un rato desistí de tal operación. Achaqué mi torpeza al entumecimiento de mis manos, o quizás al estado de shock en que todavía debía encontrarme.
Una vez libre intenté saborear la libertad. Imaginaba que el haber estado dentro de un ataúd, a más de un metro bajo tierra, y haber escapado de las garras de la muerte, sería motivo suficiente para que mi cuerpo se recargara de energía. Extendí los brazos, intentando abrir los pulmones al máximo, y aspiré con toda mi alma. Aquello fue la gloria.
Sin embargo esa mágica sensación apenas duró un segundo. No recordaba haberme sentido nunca tan vivo —lo cual no era demasiado complicado habida cuenta que no guardaba ningún recuerdo anterior a despertarme dentro de la caja de madera—, tan pletórico, tan lleno de energía. Pero pasado ese segundo de bienestar comencé a sentirme mal. Realmente mal.
La vista se me nubló y empecé a verlo todo a través de una capa de niebla rojiza; los sonidos de la noche —aves nocturnas, insectos, el viento en los arboles— se convirtieron en agudos zumbidos; el estómago parecía encogerse en mi interior, al igual que mis tripas, que se retorcían en nudos imposibles; los músculos de piernas y brazos sufrían pequeños calambres, haciendo que los miembros se me agarrotaran. A pesar de ese sufrimiento, de todo ese dolor, lo peor de todo quedaba para el corazón.
No estaba muy seguro de qué es lo que le estaba sucediendo a mi corazón. Lo sentía en el interior de mi pecho, pero no parecía latir con normalidad. El típico bum-bum rítmico de un corazón sano había sido sustituido por un único BUM, fuerte y sin ningún acompañamiento ni eco. Y no volvía a dar muestras de vida hasta pasados unos segundos, cuando otro fuerte BUM volvía a restallar en mi pecho. Ese extraño latir me repercutía en las sienes, provocándome un insufrible dolor de cabeza.
Sin poder soportarlo ni un instante más me deje caer al suelo, gimiendo como un niño pequeño. Gimoteaba, pero no lloraba. Intentaba gritar, pero de mi garganta solo salía ese lastimero quejido que incluso a mí me ponía los pelos de punta y la piel de gallina.
Estuve así un tiempo indefinido. Pudieron pasar solo unos minutos o quizá pasaron varias horas, no lo sé. Solo puedo decir que me mantuve inmóvil en posición fetal, a la puerta del cementerio, compadeciéndome de mi mismo. Compadeciéndome porque acababa de salir de una tumba y porque no podía recordar nada de mi vida, pero sobre todo porque me encontraba muy mal.
Cuando por fin reaccioné me di cuenta de que ya no sentía nada. Seguía sin recordar mi pasado, pero al menos mi vista volvía a funcionar en condiciones, mis oídos recibían los sonidos del amanecer sin taladrarme la cabeza, mis músculos estaban relajados, y ya no notaba el corazón como si me fuera a estallar. Además, en lugar de tener las tripas y el estómago revueltos sentía hambre. Un hambre voraz.
Con las primeras luces del alba pude ver un pequeño pueblo colina abajo. A pesar de que antes había identificado aquel cementerio como el de mi pueblo, no pude reconocer la aldea que allí veía. Sin preocuparme por ello me dirigí hacía las casas. Tenía la esperanza de que algún lugareño pudiera echarme una mano.
Junto a la primera casa vi una vieja furgoneta. Por el estado en que se encontraba se podría decir que estaba abandonada: le faltaban tres ruedas, la puerta del conductor había desparecido y la del copiloto no tenía ventana, la luna frontal parecía un conjunto de telarañas de lo rota que estaba, y bajo el capó —o donde debería haber estado el capó— no había ningún motor. Pero sí que tenía un espejo retrovisor.
Con eso me bastaba. Solo quería echarme un vistazo. Tal vez viendo mi rostro consiguiera acordarme de mí, de quien era. Y con ello, estaba convencido, llegaría lo demás.
Limpié el mugroso espejo con la manga de mi traje. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que vestía un traje negro, elegante de no haber estado manchado de tierra. Sonreí para mis adentros: si vestía de aquella manera, era posible que tuviera un cargo importante en alguna empresa y que tuviera dinero, mucho dinero.
La perspectiva de riqueza me animó y miré el espejo con la certeza de que el reflejo de mi imagen me diría todo lo que quería saber. Cuando lo vi, la sangre se heló en mis venas y un grito amenazó con escaparse de mi boca.
Lo que vi fue un rostro tan pálido que no era blanco, sino azulado. El labio inferior era de un morado intenso, y el superior… el labio superior había desaparecido, o al menos la mitad; en su lugar veía unos dientes amarillentos, como si estuviera forzando una sonrisa macabra. La nariz no parecía una nariz; estaba hundida en la cara, con el tabique nasal asomando por encima de las dos fosas nasales, de una de las cuales parecía caer algo que, descubrí con horror, resultaron ser gusanos. Mi ojo izquierdo parecía haber saltado de su órbita, a pesar que podía ver con ambos ojos; los iris eran de un color grisáceo muy claro, como si estuvieran velados por cataratas, y las pupilas estaban tan contraídas que apenas parecían un punto de negrura en medio de aquellos pozos plateados. La piel estaba cubierta de pequeñas laceraciones de aspecto húmedo; no sangraban, supuraban, y en algunas de ellas se podían ver pequeños gusanos dándose un festín con la carne que, sin lugar a dudas, comenzaba a estar podrida.
Horrorizado con la imagen que veía en aquel pequeño espejo, me separé con una mezcla de terror y asco de la furgoneta. Aquello no podía estar pasando. ¿A caso había estado muerto? ¿Por eso estaba enterrado en aquella tumba? ¿Era la razón de que no recordase nada de mi vida anterior? Me llevé las manos a la cabeza, entrelazando los dedos en una pequeña melena sucia y blanquecina. Temí que, al hacerlo, el cuero cabelludo se desprendiera del cráneo, pero no fue así. Por suerte el pelo aguantaba en su sitio.
Aquello era imposible, seguro que todo se trataba de una broma. Todo lo que había visto era maquillaje. Me habían drogado, maquillado y enterrado en una tumba para gastarme una broma. De muy mal gusto, por supuesto, pero una broma al fin y al cabo.
Seguía lamentándome cuando vi a un hombre salir de una de las casas. Al principio no reparó en mi presencia. Iba encogido, vestido con un grueso abrigo y llevaba puesto un gorro con orejeras. Las manos las llevaba embutidas en unos mitones de aspecto cálido y reconfortante. A pesar de su indumentaria, no me di cuenta de que hacía mucho frío hasta que reparé en las nubes de vaho que expulsaba al respirar. En ese momento también me fijé en que yo no sentía ningún frío, y que no era mugre lo que había retirado del retrovisor de la furgoneta, sino una fina capa de hielo que no me produjo ninguna fría reacción.
El hombre se montó en un coche azul y arrancó el motor, esperando unos minutos a que se descongelase el parabrisas. Pensé en acercarme hasta él para pedirle ayuda pero, pensando en la imagen que me había devuelto el espejo, no me atreví. Entonces el hombre dio marcha atrás para dar la vuelta, en una maniobra que probablemente realizaba todas las mañanas, y puso el vehículo mirando en mi dirección. Comenzó a avanzar hacia mí, todavía sin verme, y fue cuando se me ocurrió salir de mi escondite.
En cuanto los conos de luz de los faros me iluminaron, el hombre dio un brusco volantazo. No iba tan rápido como para chocar contra una pared, pero sí dio un fuerte golpe al bordillo. Asustado, el hombre salió corriendo del coche en mi dirección.
—¿Estás loco? —me gritó irritado—. ¿Cómo se te ocurre salir de esa manera en mitad de la noche? Podía haberte…
No llegó a terminar la frase. «Atropellado», o quizá «matado», era la palabra que fue sustituida por un gritó de terror. Yo también me asuste de aquel grito, aunque todavía lo hice más de mi reacción. Juro por lo más sagrado que existe que me acerqué a aquel hombre con la intención de pedirle ayuda, pero de pronto me descubrí saltando con violencia e intentando morderle el cuello.
Lo derribé sin apenas ningún esfuerzo. Su gorro había caído a un lado, mostrando una cabeza con muy poco pelo. De un fuerte tirón le arranqué el cuello del abrigo, dejando al descubierto la rosada piel del hombre. Era suave y palpitante, llena de vida. Era lo que —sin saber exactamente por qué, imagino que se trataba de un instinto primitivo— yo más deseaba y temía en ese momento.
Sin poder evitarlo, víctima de una pulsión incontrolable, clavé mis dientes en el cuello del hombre. Desgarré sin ningún miramiento la piel, el músculo y los tendones. La sangre me llenó a borbotones la boca, descubriendo que nunca había probado nada tan delicioso. Arranqué la carne, engulléndola sin masticar, mientras el hombre intentaba forcejear cada vez con menos fuerzas. Mientras tanto yo comía con ansia, como si cada bocado pudiera ser el último en este mundo.
Por fin el hombre dejó de luchar. Se le había escapado la vida por la horrible herida que yo le había infligido, aunque no me importó. Al contrario, cuando me di cuenta de que estaba muerto, comencé a devorarlo con más ímpetu. Mordí las zonas más carnosas de la cara, intentando llegar a los tejidos blandos. No conseguí llegar al cerebro, así que me deleité con la lengua, que me pareció un manjar.
Un alarido me distrajo de mi festín. Lo más probable es que el grito del hombre hubiera llamado la atención de alguien más. Levanté la cabeza a tiempo de ver como el vuelo de una bata se metía dentro de una de las casas más cercanas.
Durante unos instantes no supe cómo actuar, dudando entre las opciones que se presentaban ante mí: seguir devorando la carne de aquel hombre, intentar encontrar al dueño o dueña de aquella bata, o huir de aquel maldito lugar para pensar con claridad en lo que debía hacer.
Aunque seguía horrorizado por el desayuno tan monstruoso que me había procurado, estaba disfrutando de cada bocado. Además, sentía cómo energías renovadas inundaban mi cuerpo. Pero no me pareció seguro quedarme allí, plantado en mitad de la calle devorando el cuerpo de un vecino del pueblo.
Huir no me parecía mal plan. Podía salir corriendo hacia unas colinas que había al norte del pueblo, donde había unas cuantas cuevas donde podría esconderme. Allí tendría tiempo de pensar en qué es lo que me había ocurrido. Con un poco de suerte, encontraría una explicación a toda esa pesadilla, y entonces sería mucho más sencillo encontrar una solución.
¡Las cuevas! Otra vez estaba recordando cosas. Debían ser evocaciones de mi vida, pero en el momento en que intentaba pensar en esos recuerdos desaparecían, se esfumaban igual que los sueños cuando uno se despierta, dejando una frustrante sensación. En mi caso, lo que quedaba era un enorme vacío de desesperación, una negrura sin principio ni fin. Solté lo que quedaba del cadáver de aquel desafortunado hombre y empecé a gemir, compadeciéndome de mi mismo y de mi miseria. ¿Es que nadie podía ayudarme?
«Para que alguien me ayude primero tengo que pedir ayuda», pensé. Y la única persona que se me ocurría era la dueña —había llegado a la conclusión de que tenía que tratarse de una mujer— de la bata.
Haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad, conseguí sacudirme el miedo y el tormento que me acosaban. Me puse en pie y, con paso lento pero firme, me acerque a la puerta por la que había visto meterse a la mujer.
Intenté pulsar el botón del timbre, un sencillo interruptor con una campanita dibujada, pero no conseguí que sonara. Debía estar estropeado, porque era imposible que una persona adulta fuera incapaz de accionarlo. Así que probé con la alternativa: golpeé con suavidad la puerta, deseando no alarmar demasiado a las personas que vivían allí. Pero en lugar de oírse el toc-toc educado que yo buscaba, lo que se escuchó fueron los desquiciados golpes de un loco que quiere entrar a la fuerza. No me di cuenta de que estaba golpeando la puerta con ambas manos hasta que uno de mis puños atravesó uno de los paños de cristal biselado que decoraban el lateral de la puerta.
Pude escuchar una serie de gritos asustados provenientes del interior de la casa. No podía verlos, pero me pareció identificar las voces de una mujer y dos niños, y me sentí un poco culpable al saber que yo era el causante de su miedo. Intenté calmarlos, pero algo en mi garganta no me dejaba hablar y no conseguí articular ninguna palabra coherente. En su lugar proferí una serie de gruñidos incomprensibles. Lo mejor era entrar en la casa para apaciguar los gritos personalmente.
Durante unos instantes forcejeé con la puerta, intentando alcanzar el picaporte a través del cristal roto. Abrir esa puerta me resultó mucho más complicado de lo que nunca hubiera creído. Por mucho que lo intentaba, no conseguía encontrar la manilla. Además, los restos de la pequeña ventana no dejaban de hacerme cortes en el brazo, lo que me irritaba y enojaba cada vez más. Hasta que perdí los papeles.
Saqué de un tirón la mano del agujero, desgarrándome la piel, y me puse a golpear la puerta con todas mis fuerzas, embistiéndola con el hombro. Los cortes no me dolían, tampoco los golpes que me estaba dando contra esa maldita puerta. Por fin, tras varios intentos, una de las bisagras cedió. Cargué una vez más contra ella y cayó hacia el interior de la casa. De forma milagrosa yo conseguí mantener el equilibrio.
Lancé un grito de triunfo, y al igual que antes solo pude articular una serie de graznidos guturales. Intenté aclararme la garganta, carraspeando con fuerza, y noté como algo se soltaba en mi interior. Escupí la flema, sintiendo un alivio instantáneo. Sin embargo se me revolvió el estómago —en realidad no se me revolvió, pero sentí que esa hubiera sido la reacción que debería haber tenido— cuando vi que lo que había escupido era mi propia lengua.
Frente a mí, al fondo de un largo pasillo, apretados contra una puerta y abrazados el uno al otro había dos chiquillos. Un niño y una niña que no tendrían más de diez años. En cuanto me vieron, se pusieron a llorar, chillando como locos y apretándose un poco más contra la puerta. La niña era algo más pequeña que el niño, y sujetaba contra su pecho un osito de peluche. El niño no dejaba de desviar la mirada de mí a la lengua del suelo y de nuevo otra vez a mí.
Quise calmarlos, decirles que no sucedía nada malo, pero tuve la certeza de que cuanto más me acercaba a ellos más miedo me tenían. El no tener lengua tampoco me ayudaba. Si antes solo era capaz de pronunciar gruñidos, lo único que ahora salía de mi boca —aparte de saliva y sangre— eran unos gorgoteos informes. Resultaba frustrante intentar comunicarse y ser incapaz de hacerlo.
De pronto al lado de los niños apareció una mujer. Sentí un enorme alivio y una inmensa alegría al reconocer que esta era la mujer de la bata que había visto entrando en la casa. Aquella era la mujer que me podía ayudar. Lo que me costó un poco más fue comprender para qué llevaba una escopeta.
Sin saber muy bien que había pasado, me vi lanzado hacia atrás un par de metros en el mismo momento en que una terrible explosión retumbaba en mi cabeza. Caí justo en el umbral de la puerta, con la cabeza y la mitad del tronco fuera y las piernas y la otra mitad dentro.
Afuera la gente había comenzado a salir de sus casas, alarmada por algo que les había despertado. Tendido en el suelo como estaba, vi a unas cuantas personas señalándome, horrorizadas y asqueadas. No pude sentirme sino ofendido y avergonzado.
Intenté levantarme, pero me costó mucho más de lo normal. Al apoyarme en mi brazo izquierdo lo notaba raro, casi sin fuerza. Al mirármelo me quedé boquiabierto al ver que lo tenía destrozado. La manga del traje casi había desaparecido. En su lugar, se podía ver una masa sanguinolenta de carne salpicada de fragmentos de hueso y perdigones. También me di cuenta de que mi pecho presentaba un aspecto similar. Una vez en pie, até cabos rápidamente. ¡Esa bruja me había disparado!
No me había dolido, pero estaba indignado. Lo único que yo quería era pedirle ayuda, y ella me respondía pegándome un tiro. Y lo peor de todo es que, por lo visto, quería repetir. Tenía la escopeta abierta por la mitad, apoyada en la sangría del brazo mientras metía otro par de cartuchos.
Me acerqué a ella con la intención de detenerla, solo quería evitar que volviera a dispararme. Aparté con suavidad la escopeta, que ya se estaba levantando para apuntarme, y sujeté a la mujer por los hombros. Abrí la boca para decirle que no pasaba nada, que únicamente necesitaba un poco de ayuda, pero cuando me quise dar cuenta estaba clavando mis dientes en la suave piel de su cuello.
Los dos caímos al suelo, donde de nuevo sucumbí al ansia. La sangre de la mujer era muy parecida a la del hombre, pero su carne era mucho más tierna. Los niños gritaban a nuestro lado, aunque eso no me molestó demasiado. Estaba absorto en el festín que me estaba regalando.
Me sentí saciado mucho antes de lo que esperaba, obligándome a reconocer que ese era el segundo plato de mi desayuno. Abandoné a la mujer en el suelo, con la cara desfigurada por mis mordiscos, aunque todavía seguía viva. Al verla allí tirada, boqueando con la mirada perdida y el rostro ensangrentado, me sentí horrorizado por lo que había hecho y no pude reprimir el impulso de salir corriendo de aquella casa.
Cuando me asomé al exterior vi a la gente correr hacia el centro del pueblo. Estaban huyendo, de eso no cabía la menor duda, pero ¿de qué? Miré a mi derecha, por donde yo había llegado, y vi que el primer hombre al que había atacado se estaba incorporando con mucho esfuerzo. Una inmensa alegría me invadió al ver que no lo había matado.
También vi otra cosa que mi mente no llegó a comprender. Una docena de personas, bien vestidas todas ellas, caminaban torpemente hacia el pueblo, como si persiguieran a la gente que estaba huyendo. No iban en grupo, sino que cada uno iba por su cuenta: el primero marchaba solitario en cabeza, dos le seguían a veinte metros, otro más a quince metros de estos… La verdad es que tenían un aspecto espantoso. Parecían muertos que hubieran sido desenterrados. En lugar de sentir miedo o asco noté cierta simpatía por ellos.
El que iba en cabeza llegó a mi altura. Me miró, sopesando si yo era un amigo, y lanzó un murmullo gutural que apenas tuvo sentido para mí. Debió determinar que no era un enemigo, pues siguió caminando con andares torpes hacia el centro del pueblo.
El hombre al que ataqué ya se había puesto en pie y seguía de cerca a los otros dos, que ya se acercaban a donde estaba yo. Decidí que no tenía por qué esperarles, así que comencé a caminar yo también en dirección al centro del pueblo.
A pesar de que me sentía ágil y fuerte no conseguí acercarme lo suficiente al primero de nosotros, incluso con lo lento que este se movía. Me alegré de no haberle alcanzado cuando vi como su cabeza explotaba y su cuerpo caía al suelo, inerte. Al fondo de la calle un hombre sujetaba un humeante rifle. 
No sentí ningún miedo. La verdad es que no creía que si me alcanzaba llegara a provocarme ningún dolor. Los perdigonazos habían provocado un estropicio considerable, pero ningún daño de importancia.
El hombre colocó el rifle frente a su cara, apuntando en mi dirección. Unos segundos después salió un fogonazo de la boca del rifle, se escuchó una pequeña explosión y noté una ligera sacudida en el hombro, seguida de un golpe sordo contra el suelo. Miré con curiosidad que es lo que había producido ese ruido, y me sorprendí al ver que mi brazo derecho estaba caído a mis pies.
No hubo dolor alguno, pero si me inundó una ligera preocupación. Aquel rifle no era como la escopeta que había utilizado la señora de la bata contra mí. Este era un arma mucho más potente. Alcé la cabeza y vi que el hombre se preparaba para efectuar otro disparo, también en mi dirección. Esta vez no escuche la detonación del disparo, solo vi una bocanada de fuego salir del cañón del rifle.
Noté una fuerte presión en la cabeza, y acto seguido deje de sentir, de oír y de ver. Solo quedaba una inmensa oscuridad.

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