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Espantapájaros

Todo sucedió el día que cumplió trece años. Para Álvaro era un gran día. Desde que se mudó al pueblo con su familia, hacía más de un lustro, supo que esa era la edad en que iba a dejar de ser un niño para convertirse en un adolescente. A pesar de que los cambios de la pubertad ya habían comenzado a notarse hacía meses, solo el día de su cumpleaños sintió que superaba esa barrera, que ya estaba preparado para dejar atrás la infancia.
Después de celebrarlo con la familia llegó el momento de hacerlo con los amigos. El pueblo era pequeño, con poco más de una docena de chicos y chicas que andaban entre los diez y los dieciséis años. Aunque cada uno tenía su propio grupo de amigos, todos formaban una pandilla. Cuando se reunían no importaba la edad, ni que fueras chico o chica. Solo importaba el grupo, formar parte de la pandilla, rendir tributo a esa pequeña sociedad y cumplir con lo que se suponía que debía hacerse.
Cuando Álvaro abandonó su casa al anochecer ya sabía lo que iba a ocurrir. Uno de los chicos mayores había conseguido unas cervezas, y él tendría que beberse una lata entera, al igual que todos aquellos que ya habían alcanzado y superado esa edad. No era más que un pequeño ritual, un acto simbólico con el que daría el paso definitivo, aquel que le alejaría de la niñez para siempre y le acercaría un poco más a la vida adulta.
Como cada vez que se reunían todos ellos, los chicos del pueblo habían quedado en el merendero que había junto al puente. No se trataba más que de un grupo de rocas y tocones de madera dispuestos a modo de asientos alrededor de una vieja mesa de madera, hecha con gruesos y toscos tablones ennegrecidos por el paso de incontables años.
Álvaro fue el último en llegar, tal y como dictaba la tradición. El resto se había congregado alrededor de una hoguera que habían encendido en el suelo, y hablaban con alegría y despreocupación sobre los acontecimientos de los días anteriores y de lo que les esperaba en los sucesivos. Al ver al homenajeado, el silencio se hizo rápidamente.
Sin mediar palabra, una de las chicas dio un paso adelante. Se trataba de Susana, la mayor de todos ellos. De una bolsa de rafia sacó una cerveza y se la ofreció a Álvaro, que la aceptó en silencio. Luego repartió varías latas más entre los que ya habían cumplido los trece años. Ninguno rechazó la bebida, y ninguno de los que no alcanzaban la edad pidió que le incluyeran. Todos conocían las normas del ritual.
El siseo de las cervezas al ser abiertas rivalizó durante unos segundos con el crepitar del fuego y el continuo correr del agua del riachuelo que atravesaba el pueblo. Alzando la suya al aire, Álvaro brindó en silencio con sus amigos. El resto lo imitaron. Luego dio un largo trago.
Casi se atragantó, pero consiguió aguantar. La cerveza no estaba muy fría, el amargo sabor le resultó desagradable y las burbujas se convirtieron en espuma dentro de su boca. Con evidente esfuerzo se obligó a tragar. Después, alzando de nuevo la lata, lanzó un grito triunfante que fue secundado por todos los demás. Ya estaba hecho. Ya había dejado de ser un niño y se había convertido en un adolescente.
Entonces la fiesta dio comienzo. Alguien puso música a través de su móvil, apareció comida y sacaron refrescos y más cerveza. Durante un par de horas la diversión fue completa. Álvaro recibió felicitaciones de todos ellos, palmadas orgullosas en la espalda e incluso dos besos con lengua. Después del primer trago de cerveza el resto ya no le supo tan mal, así que a la primera lata le siguieron otro par de ellas más. Ya fuera por el alcohol o por ser el centro de la fiesta, Álvaro se sentía exultante.
—¡Esta noche puedo con todo! —gritó ante las risas de todos sus amigos.
—¿Incluso con el espantapájaros del señor Pablo?    
Todos rieron la broma.
—¿Y por qué no?
Las risas cesaron casi de golpe.
—No lo estarás diciendo en serio, ¿verdad? —dijo Susana, haciendo las veces de persona responsable.
—¿Por qué no? —repitió Álvaro.

Un nuevo revuelo se adueñó del grupo. Sobre el espantapájaros del señor Pablo recaía una oscura y aterradora leyenda. Se decía que aquel que lo mirase fijamente durante unos minutos perdería su alma y moriría, o que enloquecería por el resto de su vida. Muchos habían aceptado el reto, pero nadie se había atrevido a aguantar más de un minuto de careo con el espantapájaros.

Como si de una procesión nocturna se tratara, todos los chicos y chicas abandonaron el merendero y recorrieron el kilómetro y medio hasta la vieja finca del señor Pablo. Cruzaron la destartalada valla de madera que en otros tiempos delimitaba los terrenos ahora abandonados. Algunos de los árboles frutales todavía seguían dando frutos a pesar de que nadie cuidaba de ellos, mientras que otros se veían secos o enfermos. Lo que antaño fueron campos de cultivo ahora no eran más que extensiones de tierra cubiertas por maleza y malas hierbas. Recortada contra el oscuro cielo, solo iluminado por la luna y las estrellas, se encontraron con las ruinas de lo que en otro tiempo fue una impresionante casa. Todos se dirigieron a la parte trasera de la construcción.
Era allí donde, cincuenta años antes, la esposa del señor Pablo había plantado su huerto. Ya no había rastro alguno de tomates, calabacines o pimientos; habían sido sustituidos por altas hierbas espigadas, cardos espinosos y florecillas silvestres. Lo único que se conservaba como aquel entonces era el espantapájaros.
De haber sido una persona real, el espantapájaros habría resultado aterrador. Alzado sobre un largo palo clavado en el suelo, superaba los dos metros de altura. Con los brazos en cruz, vestía una raída camisa roja y un peto azul sucio y ajado por el que escapaban las hebras de paja que le conferían volumen y cuerpo. Unos viejos zapatos y unos guantes de cuero agujereados hacían las veces de pies y manos.
Sin embargo lo más terrorífico, y a la vez más gracioso, era la cabeza del muñeco. No era más que un saco de esparto relleno de paja colocado encima de los hombros del espantapájaros al que le habían puesto un sombrero de ala ancha. Sobre la tela alguien había dibujado unas facciones toscas y ridículas que le hacían parecer mucho más humano de lo que podía esperarse. Una sonrisa torcida en una mueca de desdén, un ceño fruncido intimidatorio, unos pómulos sonrosados llenos de vida, unos ojos negros que miraban suplicantes y llenos de odio.
Sorteando las malas hierbas Álvaro se plantó frente al muñeco.
—El reto consiste en aguantar la mirada del espantapájaros durante tres minutos —anunció Susana—. ¿Estás seguro de que quieres continuar?
¿Realmente lo estaba? Durante el paseo que les había llevado hasta allí la sensación de invencibilidad que le había embargado antes había disminuido en gran medida. Tenía muchas dudas, y el miedo había comenzado a circular por sus venas en el mismo momento en que había atravesado la valla que demarcaba la finca. Pero él era el centro de atención, todos habían ido hasta allí para verle afrontar el reto. Si se echaba atrás ahora sería considerado un fraude, un brabucón que solo hablaba pero que temía entrar en acción.
—Sí —contestó con firmeza.
El murmullo a su alrededor se intensificó ante la respuesta, pero Álvaro lo ignoró. Ahora solo podía escuchar los latidos de su corazón, la sangre golpeando con fuerza en sus sienes. Tomó una gran bocanada de aire por la boca y la exhaló lentamente, intentado calmar sus nervios. Luego, pensando que nunca estaría más preparado que en ese momento, clavó su mirada fijamente en los ojos del espantapájaros.
Al principio no pasó nada. Solo estaba mirando la cara de un muñeco que había sido plantado allí medio siglo antes para ahuyentar a cuervos y otras aves que pudieran dañar los cultivos. Sin embargo, al cabo de unos segundos se sintió atrapar por los extraños ojos dibujados en la tela del saco. Pensó en apartar la mirada, pero no quería que lo tildaran de cobarde, así que la mantuvo fija en el espantapájaros. Un intenso malestar se adueñó de su cuerpo, pero aun así se mantuvo firme en su empeño.
Fue entonces cuando desperté. No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que alguien cometió el desatino de enfrentarse al espantapájaros. Puede que fueran años, o quizá solo días.
Desde el interior del cuerpo de paja observé al insensato, y me dolió ver que no era más que un crío. Lo sentí por el chico, pero yo no tenía otra opción. Tal y como hice en otras ocasiones, concentré toda mi voluntad en mantenerlo absorto en mí, con la única esperanza de que esta vez fuera capaz de conseguirlo. Aunque siempre había fracasado, con cada intento había estado más cerca de lograr mi objetivo.
De haber tenido voz hubiera lanzado un grito de júbilo cuando supe que le había hecho mío. Una punzada de tristeza recorrió mi etéreo ser al pensar que estaba condenando un alma tan joven, pero me obligue a desechar tal idea. Estaba haciendo lo que tenía que hacer, cualquiera en mi lugar haría lo mismo.
A través de los ojos del espantapájaros fijé mi mirada en los del chico, que parecían llenos de vida, aunque incapaces de resistirse a la magnética fuerza que manaba de mi ser. Nuestras mentes se conectaron durante un instante y forcejearon. Exhausto el chico cerró los ojos, y la negrura también se cernió sobre los míos.
Cuando los párpados de Álvaro se levantaron de nuevo pude ver, a través de sus ojos, al muñeco maldito que había albergado mi alma durante los últimos años. Por fin había conseguido escapar de la prisión que suponía el espantapájaros. Ahora yo era Álvaro, su cuerpo y sus recuerdos me pertenecían. El pobre alma del niño que hasta ese momento había sido dueño de mi nuevo cuerpo permanecería encerrado en aquel putrefacto amasijo de paja y tela hasta que algún otro insensato, tal y como hizo Álvaro y yo antes que él, desafiara la leyenda y se enfrentara al espantapájaros. Quizás algún día alcanzara el suficiente poder para lograr escapar, aunque para ello tuviera que condenar otra alma.
Sin pensar mucho en ello me giré hacia mis nuevos amigos. La mente de Álvaro ahora era mía, así que los conocía a todos.
—Esto es una chorrada —dije con mi nueva voz—. ¿Por qué no volvemos al merendero a continuar con la fiesta?

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