La casa de la calle Fogonero

Viernes, 13 de diciembre de 2019, 22:21
¡Esto es genial! Si la semana ya estaba siendo horrible, este final es el colofón perfecto. Estoy reventado de trabajar, deseando darme una buena ducha y pedir unas pizzas para cenar. ¿Y qué me encuentro al llegar a casa? Nada, vacía. Solo el puñetero gato de mi hermano, que me mira con esa desconfianza que ambos compartimos. ¿Y Dani? Ni rastro de él. El muy capullo ha desobedecido y se ha largado por ahí, saltándose el castigo. Si al menos hubiera tenido la decencia de volver antes que yo…, pero no. Se cree que como papá y mamá están de vacaciones yo seré más benevolente con él. De lo que no se da cuenta es de que si él no cumple, el que se la carga después soy yo. ¡Para una vez que no se lo llevan con ellos, podía dejar de comportarse como un adolescente insufrible!
Seguro que ha vuelto a esa maldita casa abandonada, la de la calle Fogonero. ¿Qué demonios encuentran en ese lugar? Parece la guarida de un asesino en serie, sacada de una película de terror, a punto de caerse a pedazos. Pero para Dani y sus amigos se ha convertido en el lugar ideal para fumar porros y beber cerveza.
Por eso mismo está castigado, porque el último sábado acabó tan borracho que tuvo que traerlo a casa la policía. ¡Si solo tiene catorce años! Yo a su edad…
¡Bah! Paso de enrollarme, diciendo eso me parezco a mi padre.
Quería escribir la mierda de jornada que he soportado hoy en la fábrica, antes de que se me pase el cabreo, pero ya lo dejo para mañana. Ahora voy a ir a por el imbécil de mi hermano y arrastrarlo de vuelta a casa. Si no le gusta, que le den. A mí tampoco me entusiasma hacer de poli malo.

 

Viernes, 13 de diciembre de 2019, 23:52
¡¿Qué demonios ha pasado?! Esto parece una locura, no tiene ningún sentido.
No he encontrado a Dani, seguro que está por ahí emborrachándose con sus amigos. ¡Que le den! Yo lo único que quiero ahora es meterme en la cama y dormir un millón de años. Pero antes voy a escribir lo que ha pasado, tal vez ayude a que mi mente lo asimile mejor. En fin, para eso empecé a escribir estos diarios.
No tardé más de diez minutos en llegar a la casa abandonada. La verja de hierro estaba atrancada, por lo que tuve que saltarla. La puerta de entrada sí estaba abierta, así que entré sin más.
¡Qué mal rollo me da ese lugar! No entiendo cómo les puede gustar ir allí. Nada más pisar el recibidor, pude escuchar la música en el piso de arriba. No sé qué canción era, pero me pareció el tipo de música que suele escuchar Dani: mucho ruido de guitarras y batería y voz de gente enfadada. Cantaban en inglés, por supuesto, así que no entendí ni papa de lo que decían.
El caso es que subí las escaleras y vi la tenue iluminación que se filtraba por la puerta. La traspasé. La luz provenía de dos linternas de leds colgadas en la pared, y la música de un pequeño altavoz que funcionaba con tarjeta de memoria. Ni rastro de mi hermano y sus amigos.
Entonces la luz de las linternas se apagó y todo quedó en la más absoluta oscuridad. Aunque la música no dejó de sonar, pude sentir una presencia extraña que me provocó un escalofrío. Llamé a Dani, pero nadie contestó. La canción terminó, y durante los pocos segundos que dura el silencio que separa una pista de otra pude oír una respiración cerca de mí. No tuve tiempo de sentir miedo. Cuando la música volvió a sonar, y sin previo aviso, algo me arrolló y me tiró al suelo. Conseguí levantarme, pero fuera quien fuese logró derribarme otra vez. Ahora sí estaba asustado, y forcejeé como si me fuera la vida en ello. Pero mi atacante era mucho más fuerte que yo. Pude oír sus gruñidos y jadeos, cada vez más cerca de mi oído, y también sentir la humedad de su aliento.
Debí de desmayarme, porque lo siguiente que recuerdo es despertarme tirado en el suelo. Me sentía muy mal; estaba mareado y las fuerzas me fallaban. No habían pasado más que unos minutos, pero no había ningún rastro de mi adversario. La luz de las linternas volvía a iluminar la habitación, y la misma canción sonaba de nuevo en el altavoz, puesta en bucle.
Salí de allí todo lo rápido que pude y decidí volver a casa. He tardado casi media hora en llegar. Ahora voy a meterme en la cama y a olvidar lo sucedido. Mañana ya arreglaré cuentas con Dani.

 

Sábado, 14 de diciembre de 2019, 10:03
¡No entiendo nada!
He pasado una noche terrible, he dormido fatal y he tenido uno sueños extraños y aterradores. Lo primero que quería hacer era apuntarlos aquí, pero he visto que he dormido con la ropa de ayer puesta. ¡Y está manchada de sangre! No sé de dónde habrá salido, porque no tengo ninguna herida. Ni en la parte del cuello, que es donde está sucia la camiseta, ni en ninguna otra.
El caso es que, al intentar recordar lo que hice por la noche, me he dado cuenta de que lo más reciente que tenía en la mente era estar saliendo de la fábrica. Pero lo peor es ver todo lo que escribí en el diario. Al leerlo me han venido imágenes sueltas, como flashes, de lo que me sucedió. Ahora lo recuerdo, aunque sea a través de una bruma similar a la que oculta los sueños. Puede que sea la primera vez que agradezco de verdad esta costumbre de apuntar todo en los diarios.
Dani está bien, es lo siguiente que he comprobado. Está en su cuarto, dormido con un cubo al lado de la cama. Ojalá tenga una resaca de esas en las que te prometes no volver a beber en la vida, aunque dudo mucho que llegue a cumplir esa promesa. Por mucho que…
Vale, he perdido el hilo de lo que estaba escribiendo. He tenido que salir corriendo al baño a vomitar. Yo también me siento como si tuviera una resaca de las que hacen época, salvo por el dolor de cabeza. Por lo menos me libro del maldito dolor de cabeza.
Bueno, a lo que iba: los sueños. Han sido muy raros, pero ahora que he recordado lo que sucedió ayer entiendo que no todo lo soñé. Por ejemplo, el ataque que sufrí en la casa de la calle Fogonero fue real. Nunca en mi vida había pasado tanto miedo con una pesadilla, y ahora veo por qué.
Lo que sí soñé fue esa sensación de estar muriéndome. Estaba tendido en la cama, cubierto por las sábanas y el edredón, y sentía cómo mi cuerpo iba perdiendo la vida. Era demasiado consciente de los latidos de mi corazón, que retumbaban en mis oídos, aunque cada vez lo hacían con menos fuerza y más separados en el tiempo; hasta que se detuvieron del todo. También sentí cómo dejaban de funcionar el resto de mis órganos. Nunca me había dado cuenta de todo lo que sucede en el interior del cuerpo, pero en el momento en que eso deja de ocurrir uno es capaz de sentirlo. Lo peor de todo fue dejar de respirar. Por más que lo intentaba, era incapaz de inhalar aire, ni por la nariz ni por la boca.
No sé si lo que sucedió después es parte del mismo sueño o de otro diferente, pero el caso es que algo me despertó. Eran golpecitos que venían del exterior, pequeños toques que daban en la persiana de mi habitación. Me levanté, sorprendido de volver a respirar, y subí la persiana. Una figura estaba al otro lado, oculta por las sombras de la noche. Intenté verle el rostro, pero me resultó imposible. Solo pude apreciar dos puntos brillantes que debían de ser sus ojos. Aunque tenía miedo, abrí la ventana y dejé pasar a la figura. Luego volví a acostarme y me dormí, con ese personaje velando mi descanso, de pie al lado de mi cama.
Parte de este sueño fue real, porque al despertarme he visto que la persiana estaba levantada y la ventana mal cerrada. Lo de que alguien entrara a través de ella es evidente que lo soñé. A fin de cuentas vivimos en un quinto piso.

 

Domingo, 15 de diciembre de 2019, 15:44
¡Me quiero morir! Me duele todo el cuerpo y me siento mareado. En cuanto salgo de la cama noto cómo me fallan las fuerzas. Hace años que no me encuentro tan mal, ni siquiera con la peor de las gripes que haya sufrido. Tampoco tengo nada de apetito. Ayer intenté comer un poco de sopa, pero no tardé nada en vomitar todo lo que había ingerido.
Después me pasé el resto del día en la cama, intranquilo. Intenté leer un libro, aunque me resultó imposible concentrarme; las palabras bailaban ante mis ojos y conseguían que me marease más. Luego puse una película, pero cuando salieron los créditos finales me di cuenta de que no me había enterado de nada.
Solo al llegar la noche me he encontrado algo mejor, lo que me ha permitido descansar unas pocas horas. Pero esta mañana, al levantarme, la enfermedad ha vuelto a atacar con fuerzas renovadas.
Dani me ha dicho que vaya al médico antes de que le contagie, pero creo que no lo haré. Estoy seguro de que solo tengo un virus de esos que te dejan hecho polvo durante un par de días. Mañana ya estaré mucho mejor. Al menos eso espero.
Ahora intentaré descansar un rato, a ver si se me pasa un poco el mareo y puedo comer algo después.

 

Lunes, 16 de diciembre de 2019, 02:05
No consigo dormir. Al igual que el sábado, empecé a sentirme mejor después de anochecer, pero esta vez no he logrado conciliar el sueño. Es más, no soy capaz de quedarme en la cama, estoy demasiado inquieto. Mis sentidos se mantienen muy despiertos, alerta. Cada ruido de la casa suena con estridencia dentro de mi cabeza: el crujir de las paredes al encogerse con el frío; el tictac del reloj de la cocina; el pasear del gato con total libertad por los pasillos y habitaciones; el constante fluir del agua en el acuario del salón; la respiración lenta y rítmica de Dani, acompasada a los latidos de su corazón.
Es curioso, pero me acabo de dar cuenta de que, por primera vez en estos días, vuelvo a tener hambre. Creo que voy a prepararme un bocadillo… o mejor no. Solo con pensar en comer algo se me ha revuelto el estómago.
¡Por Dios, menudo susto me ha dado el gato! Pensar en comer me ha distraído durante un momento de los sonidos que llenan la casa, y no me he dado cuenta de que el maldito bicho estaba ahí, espiándome a través de la rendija abierta de la puerta de mi habitación. En cuanto lo he visto ha lanzado un bufido y ha salido corriendo. Siempre he sospechado que me tiene tanta manía como yo a él. Creo que si no fuera tan cobarde se lanzaría a por mí con muy malas intenciones.
Bueno, debería volver a la cama, a ver si consigo dormir un poco. Espero encontrarme algo mejor mañana y poder retomar un ritmo de vida normal.

 

Lunes, 16 de diciembre de 2019, 16:26
Al final no he ido a trabajar. No conseguí dormir nada, y cuando se acercaba la hora de sonar el despertador, todo el malestar que me ha machacado durante el fin de semana volvió como si nunca se hubiera ido. Así que he llamado al jefe y le he dicho que ando enfermo. No le ha gustado nada, pero le he propuesto que me descuenten estos días de las vacaciones que me deben. Así yo no pierdo pasta y ellos se quitan de encima los días que me quedaban por disfrutar.
Después sí, y aunque tardé todavía un rato, por fin me quedé dormido. Ha sido un descanso incomodo, plagado de sueños desagradables que no recuerdo, pero aun así me ha sentado de maravilla. Me he despertado hace quince minutos, sorprendido por la hora que era. Todavía tengo la cabeza un tanto abotargada y el cuerpo algo revuelto, pero creo que me siento un poco mejor que ayer. Salvo por el sarpullido de la mano.
No me había dado cuenta de que lo tenía hasta que, al subir la persiana de mi habitación para ventilarla un poco, la luz de la tarde lo ha iluminado. Ha sido verla y empezar a escocerme con un dolor intenso similar al de una quemadura. Y la verdad es que se parece mucho a una quemadura, con la piel del dorso de la mano rosada y salpicada de multitud de pequeñas ampollas. Nada más retirar la mano de la luz el dolor se calmó bastante. Creo que es mejor mantenerla tapada para que se cure mejor.
De todas formas, he vuelto a bajar la persiana. Con la oscuridad me siento mucho más a gusto. Creo que es otro síntoma de la enfermedad que me aqueja. Al final voy a tener que seguir el consejo de Dani y pedir hora para el médico.

 

Lunes, 16 de diciembre de 2019, 22:47
¿¡Qué coño he hecho!? ¡El puñetero gato! ¡He rajado y bebido la sangre del puñetero gato! Esto no puede estar pasando, es peor que una pesadilla.
No puedo ni beber un poco de caldo sin vomitar, y sin embargo soy capaz de degollar a ese maldito bicho y chuparle la sangre como si fuera una sanguijuela.
Menos mal que Dani no estaba en casa. ¿Qué hubiera pensado de haberme visto dando caza a su gato? Porque eso es lo que he hecho, cazarlo. No sé por qué. Tampoco cómo, porque siempre ha sido una sabandija escurridiza que no se deja coger más que por su dueño. Pero el caso es que ha acabado entre mis manos, y antes de que pudiera darme cuenta, le he partido el cuello y se lo he cortado con un cuchillo. Solo cuando lo he dejado seco me he dado cuenta de que mi boca sorbía con fuerza de la herida.
Estoy horrorizado por lo sucedido y creo que este asunto me provocará pesadillas durante el resto de mi vida. Aunque he intentado vomitar, no he sido capaz de hacerlo. Es curioso, pero ahora siento el estómago bastante mejor que antes del incidente, lo cual no deja de parecerme preocupante.
Resulta imposible no darle vueltas a todo el asunto sin que me explote la cabeza, así que voy a salir un poco a la calle para ver si consigo despejarme y aclarar un poco la mente. Puede que un poco de aire fresco sea lo que necesite.

 

Martes, 17 de diciembre de 2019, 07:58
No tengo la menor idea de lo que me está pasando, pero la noche ha resultado… increíble. Es la primera vez en todos estos días que me he sentido bien de verdad. Hasta se me ha olvidado lo que ha pasado con el gato.
La baja temperatura que había en la calle me resultaba reconfortante, y la calma de la ciudad en la noche solo puedo calificarla como abrumadora. Pero lo mejor ha sido la oscuridad.
Aunque el alumbrado público no se apaga, no consigue cubrir todas las sombras de todos los rincones. He podido caminar oculto, colarme en callejones sin miedo a lo que pudieran esconder, moverme entre tinieblas sin ser visto por los pocos transeúntes que, como yo, desafiaban la quietud de una ciudad durmiente.
Si soy sincero, sí que hubo un rato en el que me sentí incómodo. Me pareció notar una presencia que me acechaba, a pesar de que yo era lo único que se escondía en las sombras. Por unos instantes recordé lo sucedido la noche del viernes, en la casa de la calle Fogonero, y estuve convencido de que lo que me atacó ese día era lo mismo que me observaba en ese momento. Sin embargo, todo desapareció tras unos minutos en los que me puse un poco nervioso. Después de pasado ese rato, volví a disfrutar de la noche.
Poco a poco la actividad de la ciudad fue en aumento, pero eso solo enriqueció la experiencia. El cansino ir y venir de los más madrugadores; los bares y cafeterías que levantaban sus persianas para ayudar a otros con su nuevo día; el aumento del tráfico por aquellos que debían empezar una nueva jornada de trabajo. Esta noche he estado por encima de todos ellos. Creo que nunca he experimentado semejante sensación de libertad, de vivir sin unas ataduras de las que era ignorante.
Pero como todo lo bueno, esta noche también tiene su fin. Siento que se acerca el amanecer y que ya va siendo hora de descansar. Espero que unas horas de sueño no empañen este subidón que todavía embriaga mi ánimo.

 

Martes, 17 de diciembre de 2019, 19:09
He pasado todo el día durmiendo, y la verdad es que me encuentro genial.
Había pensado en preguntarle a Dani si le apetecía hacer algo. Sé que le he tenido muy abandonado durante estos días tan malos que he pasado y, aunque no se lo ha tomado nada mal, me hubiera gustado compensarle por hacerse cargo de todo sin haberme dado la tabarra. Pero cuando he ido a decírselo no estaba en casa.
Otra vez ha vuelto a saltarse el castigo. ¡Qué ganas tengo de que vuelvan papá y mamá para que se encarguen ellos de él! Pero hasta el viernes todavía faltan un par de días así que, de momento, me toca apechugar.
La euforia que sentía antes de acostarme se ha diluido con las horas de sueño, pero no ha desaparecido por completo. Todavía queda algo de ese cosquilleo circulando por mis venas, lo que hace que quiera más. Creo que me voy a dar una ducha y a salir otra vez a la calle. Después ya se verá qué sucede.

 

Miércoles, 18 de diciembre de 2019, 00:00
Debería estar histérico, pero no lo estoy. ¿Sorprendido? Sí, bastante. También triste, no podía ser de otra manera. Lo que he hecho es demasiado horrible y me tiene conmocionado. Y sobre todo estoy asustado, tanto por lo que se avecina como por lo que ha sucedido. Pero ya no hay marcha atrás, lo tengo asumido.
Nada más salir a la calle a pasear me di cuenta de que había algo diferente a la noche anterior. Tardé un poco, pero al final lo descubrí. Mientras que por la mañana la gente está adormilada y falta de energía, al anochecer todavía rebosan vida y fuerza.
Por alguna razón, esa vitalidad me afectaba de la misma manera que una bombilla lo hace con una polilla. Cada persona que veía me atraía, sentía un llamamiento para que me acercara en silencio, con cuidado de no ser visto. Era capaz de intuir la piel debajo de todas las capas de abrigo, de sentir las pulsaciones en sus cuellos. A punto estuve de sucumbir, pero entonces apareció en mis pensamientos el gato de Dani, y supe qué iba a pasar si cedía ante ese impulso.
Decidí alejarme de las zonas más concurridas de la ciudad para internarme en las más oscuras. Sin darme cuenta de hacia dónde me llevaban mis pasos, acabé en la calle Fogonero, frente a la casa abandonada. Sin saber por qué, pasé al interior.
Otras veces esa casa me ha provocado escalofríos, pero esta vez había algo diferente. En esta ocasión yo era bienvenido allí.
Hasta ese momento, los detalles de mi anterior visita habían estado escondidos en algún recoveco de mi mente, y solo haberlo escrito en este diario me ha permitido saber qué ocurrió. Sin embargo, el estar allí de nuevo desencadenó que todos esos recuerdos se liberaran.
Nada más pisar el recibidor me asaltó la misma presencia que la noche anterior me acechó durante mi aventura por la ciudad. Pero en esta ocasión no me pareció hostil; más bien todo lo contrario. Al principio me resultó apabullante, pero no tardó en convertirse en algo mucho más soportable, casi como un débil zumbido que se confundía con el sonido ambiente.
Entonces escuché la música que provenía del piso superior, al igual que la otra vez. Subí las escaleras, sigiloso. Sabía que había gente arriba, y mi intuición me decía que Dani sería uno de ellos. Esperaba equivocarme.
No me hizo falta subir del todo para ver que una de las habitaciones estaba iluminada con unas linternas, como en la anterior ocasión. Cuando llegué arriba me asomé, oculto entre las sombras. Había cinco personas sentadas en el suelo, dos chicos y tres chicas, que bebían a morro de unas litronas y se pasaban un porro tras darle una rápida calada. Dani era uno de ellos.
Ver a mi hermano hizo que me cabreara con él. Si estaba castigado, ¿qué demonios hacía allí? Desobedeciendo nunca conseguiría que mamá lo respetara, y papá era demasiado listo para caer en sus juegos. Pensar en ello solo hacía que mi enfado fuera a más.
Ese fue el detonante. Porque cuanto más me cabreaba, más fácil le resultó a la presencia avivar un fuego que sacudía mi interior, intenso y salvaje. Y cuanto más crecía esa emoción, más fácil me resultaba percibir el calor que emanaba de los adolescentes, el constante pulsar de las venas al ritmo de los latidos de sus corazones, y el aroma metálico del fluido que circulaba por todos ellos.
Sin darme cuenta, di un paso hacía dentro, y luego otro, y un par de ellos más. Una de las chicas me vio y dio un respingo. El resto se giraron hacia mí. Dani se puso pálido, pero enseguida comenzó a imprecarme por estar allí.
Fue en ese momento cuando perdí el control. Era mi propio cuerpo el que actuaba, como si tuviera una voluntad ajena a mí. Era consciente de lo que hacía, pero dudo que, de haberlo querido, hubiera podido detenerme.
Salté a por mi hermano a una velocidad endiablada, lo agarré por los hombros y lo puse en pie antes de mirarlo a los ojos. Volvió a preguntarme qué estaba haciendo, pero ahora lo decía asustado, ya no había rastro de enfado. Entonces, movido por algún oscuro impulso, me lancé a por su cuello y desgarré su arteria con mis dientes. Su sangre, lo más dulce que he probado en mi vida, provocó en mi interior un éxtasis como nunca imaginé que se podía sentir.
Los otros cuatro adolescentes restantes gritaron aterrorizados. Dejé caer el cuerpo todavía con vida de Dani y corrí hacia ellos. Eran lentos y yo demasiado rápido. Acabé con ellos en pocos segundos, no tuvieron la menor oportunidad ante una demostración de salvajismo que hasta a mí me sorprendió. En cambio, la presencia se regocijó en todo lo que hice. Sentí que estaba orgullosa de mí y de cómo había actuado.
Después abandoné el lugar y paseé por la oscuridad, sin más pensamiento que poner un pie delante de otro sin un rumbo concreto. Cuando he querido darme cuenta estaba enfrente del portal de mi casa.
Sé que esta será la última vez que estaré aquí, en mi cuarto y bajo este techo.
Mientras escribo todo esto empiezo a recuperarme de la conmoción y a comprender lo que me espera por delante. No tengo dudas de que lloraré la muerte de Dani; la adolescencia le había vuelto un poco capullo, pero no deja de ser un hermano al que he querido desde el primer día y con el que he pasado muy buenos momentos. Aunque él ya nunca llegará a saberlo, le estaré siempre agradecido por ayudarme a descubrir cuál es mi nueva condición, mi nuevo yo. Es terrible lo que he hecho y lo lamentaré durante mucho tiempo pero, gracias a él y su sacrificio, a su sangre, por fin me siento completo.
Ahora que he dado estos últimos pasos, debo reunirme con la presencia. Siento su reclamo, una llamada imposible de ignorar. No tengo manera de saber lo que me espera a su lado, pero al fin podré conocerla. Y a su lado, aprenderé a ser aquello en lo que me he convertido.

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