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Menú degustación

Alberto miró a su joven y bella esposa y sonrió al verla posar su mirada soñadora en los extensos campos de viñedos. Estaba guapísima con ese elegante vestido azul, aunque no era ni de lejos tan lujoso como su propio traje, hecho a medida por un reputado y codiciado sastre italiano. Marta se negaba a que le confeccionaran un vestido, y tampoco había aceptado ir de compras para esa ocasión. A ella no le gustaban esa clase de lujos, prefería lucir aquella prenda, una que ya antes la había hecho brillar en más de un evento. Al menos había aceptado llevar el collar de zafiros que Alberto le regaló por su último cumpleaños.
Hace tan solo diecisiete meses hubiera resultado imposible imaginarse el vuelco tan radical que habían dado sus vidas. El dinero ya no era una cosa de la que preocuparse. Una serie de decisiones, auspiciadas solo en parte por la fortuna, les había llevado a él y a Marta de llevar una vida modesta a verse incluidos en la lista de riquezas emergentes más importantes del país. Todo comenzó con un billete de cinco euros que encontraron en el suelo el día de su tercer aniversario. Marta, que no creía en las casualidades, vio en ello una señal.
—Deberíamos hacer algo especial con este dinero —dijo, sujetando el billete como si gracias a su peso pudiera contemplar las infinitas posibilidades que se abrían ante ellos.
Para Alberto el dinero no era más que dinero; lo hubieras encontrado en el suelo, lo hubieras ganado honradamente, o lo hubieras robado de un banco, un euro siempre tenía el mismo valor. Pero el brillo que se reflejaba de los ojos de Marta, pura ilusión, le impedía ser tan cínico. Al día siguiente jugaron esos cinco euros al Euromillón.
Esa resultó ser una de las mejores decisiones de su vida. Doscientos millones así lo corroboraban. Sin embargo la cosa no quedó ahí. En lugar de dilapidar el dinero con gastos absurdos y extravagantes, supieron invertir de forma extraordinaria. Con operaciones sencillas, aunque no exentas de riesgo, consiguieron multiplicar su fortuna en cuestión de meses. Y las cifras de sus cuentas bancarias no dejaban nunca de ascender.
—¿En qué piensas?    
La voz de Marta le sobresaltó. Ahora era él quien se había quedado ensimismado mirando a través de la ventanilla oscurecida de la limusina.
—En lo afortunado que soy por tenerte siempre a mi lado —contestó mientras alargaba una mano para sujetar con firmeza la de su esposa. Sonrió al darse cuenta, una vez más, que ese era un pensamiento muy recurrente en él.
El vehículo redujo la velocidad antes de girar a la derecha. Por la ventanilla, vieron cómo abandonaban la estrecha carretera y se internaban en un complejo amurallado.
—Hemos llegado, señores —anunció una voz a través de los altavoces justo antes de que el vehículo se detuviera junto a otra media docena de limusinas.
Cuando la puerta se abrió, Alberto vio a Pierre Lafont, una de sus últimas amistades. Se saludaron con un firme apretón de manos y con un abrazo que apenas quedó en amago.
—¡Bienvenue! —La fuerte voz de Pierre divergía del aspecto tan menudo del hombre, y Alberto siempre se sorprendía al comprobar la energía que contenía ese cuerpo tan pequeño.
Marta salió del coche ayudado por la solícita mano del francés, que le estampó tres besos en las mejillas antes de alabar todas las virtudes de su radiante belleza. Ella se sonrojó por tanto halago, y Alberto sacó pecho ante el orgullo que sentía por su esposa.
—Vamos, os estábamos esperando —dijo Pierre con su marcado acento francés—. Le banquet no podía empezar sin vosotros. ¡Por algo sois los invitados de honor!
—Te seguimos —contestó Alberto, invitando con una mano a su amigo para que los guiara y ofreciendo el otro brazo para que Marta se agarrara a él.
Aquella impresionante bodega había sido construida en un abrir y cerrar de ojos sobre las ruinas de un antiguo monasterio. Hacía noventa años que nadie habitaba el lugar, pero los nuevos dueños habían sabido aprovechar el terreno para crear un negocio que les haría ganar muchísimo dinero. Alberto no conocía las razones por las que un monasterio amurallado hubiera sido escogido para hacer vino, aunque para él eso carecía de importancia. Lo único relevante en ese momento era la invitación formal que le iban a hacer para que entrara como socio de aquel lucrativo negocio.
Sin dejar de hablar ni un solo momento, Pierre los guio entre una serie de edificios de aspecto antiguo, restaurados con técnicas modernas, hasta unos amplios y coloridos jardines. Más allá, al otro lado de una hilera de árboles ornamentales de follaje rosáceo, se hallaba la entrada al comedor. Dentro los esperaba una quincena de personas.
Nada más traspasar la puerta de cristal se les acercó un hombre alto de rostro ceniciento. Su traje, de calidad similar al de Alberto, no podía disimular el huesudo cuerpo que cubría.
—Alberto Argüelles, Marta Palacio, os presento a Don Álvaro Carrillo Soto, nuestro anfitrión para esta tarde.
El hombre mostró una amplia sonrisa que sus hundidos ojos desmentían, a la vez que estrechaba las manos con un fuerte y frío apretón.
—Es un placer tenerles con nosotros.
Su voz, húmeda y rasposa a la vez, le produjo un escalofrío a Alberto, y sintió que Marta también había experimentado algo parecido a su lado.
Después procedieron al resto de presentaciones. Ante sus ojos desfiló un variopinto elenco que los saludó con diferentes niveles de entusiasmo: había un matrimonio perteneciente a la nobleza alemana; un lord inglés que parecía haber salido de una novela de la época victoriana; una diminuta y arrugada anciana china custodiada por su marido y su hijo; un importante magnate americano acompañado de su esposa florero; un trío de empresarios españoles, asiduos a las portadas de las revistas de sociedad; un famoso actor australiano, la nueva sensación de Hollywood, que no se separaba ni un instante de una joven que no era su mujer; y, por último, la esposa de Don Álvaro, una mujer que superaba la cincuentena pero que se mostraba más bella que muchas veinteañeras.
Una vez terminaron con las protocolarias muestras de cortesía oportunas, el tintineo de un tenedor sobre una copa de vino atrajo la atención de todos los presentes.
—Ahora que estamos todos, si me permiten —comenzó a hablar Don Álvaro, con su monótona y extraña voz—, procederemos a degustar un menú que será una de las señas principales de esta casa, regado con los mejores vinos que elaboramos. Como ya deben saber esta bodega, que inauguraremos la próxima semana, nace con la intención de convertirse en un referente de exclusividad único en el mundo, prometiendo una oferta gastronómica que difícilmente se pueda encontrar en ningún otro lugar. También me complace anunciar que la lista de reservas está completa para los siguientes doce meses.
Una oleada de entusiasmo generalizado recorrió la sala. Alberto asintió satisfecho, convencido de que el negocio en que estaba a punto de entrar iba a ser un éxito asegurado. Marta, que se mantenía agarrada a su brazo, se apretó un poco más contra su cuerpo.
—Así mismo —continuó el anfitrión—, la bodega no abastece al mercado ordinario. Al igual que los comensales que desean acudir al restaurante, los clientes que quieran hacerse con nuestros vinos deben gozar de una gran reputación y ser considerados dignos de nuestra confianza. El vino que aquí elaboramos no es apropiado para todos los paladares.
La anciana china lanzó una sonora carcajada que arrancó las sonrisas del resto de asistentes. Alberto y Marta, que no encontraron la gracia al supuesto chiste, miraron interrogantes a Pierre, pero este restó importancia a la situación con un gesto.
—Ahora, si son tan amables, tomen asiento y disfruten de una experiencia gastronómica sin igual.
El público de Don Álvaro, complacido por aquellas palabras, se acercó a la enorme mesa ovalada que había en el centro del comedor. Estaba decorada con esmero, cubierta con un mantel de color marfil y adornada por un florido centro de mesa. Habían dispuesto para cada comensal un moderno plato de porcelana, custodiado por una fila de cubiertos a cada lado y media docena de copas por delante. Sobre cada plato descansaba una figura hecha con servilletas a juego con el mantel.
Mademoiselle —dijo Pierre, retirando una silla y ofreciéndosela a Marta.
Mercy —contestó ella, sonriendo a la vez que se sonrojaba.
—¡Frena el carro, donjuán! —respondió Alberto de buen humor mientras se sentaba junto a su mujer—. No intentes robarme este tesoro, es solo mío.
—¡Lástima! Hubiera deseado poder contarla entre mi colección de conquistas.
Entre risas y una agradable charla, media docena de camareros comenzó a servir la bebida con ademanes expertos, movimientos ensayados hasta la saciedad para evitar cualquier posible error. Alberto, que todavía se sentía un poco torpe en eventos de alto postín, no supo si probar ya de su copa sería tomado como una falta de educación. Sus dudas se disiparon cuando vio a Pierre llevarse a los labios el vino blanco que brillaba en su copa.
—Su sabor es refrescante. —Su acento se notaba más que nunca—. Algo dulce para mi gusto, con ese ligero sabor a vainilla del roble americano, pero bastante bueno, no obstante.
Un minuto después sirvieron el primero de los once platos que conformaban el menú. A partir de ese momento comenzó a desfilar una lista de manjares con nombres tan inverosímiles como elaborados: desde el «salmorejo confitado en nube de estragón» hasta la «morcilla escabechada sobre crujiente dorado dulce a las hierbas aromáticas del jardín», pasando por las «colas de falso bogavante con crema de arroz turquesa» y la «pizza invertida de lechazo y piñones». Cada tres platos retiraban las copas usadas y cambiaban el vino con que regaban la comida, especialmente elegido para maridar a la perfección los sabores.
Después de una hora, nueve entrantes y tres vinos diferentes, llegó el momento del plato principal. Primero sirvieron un nuevo vino, un tinto destinado a ser la estrella de la bodega. Antes de que nadie pudiera probarlo, aparecieron los camareros y colocaron frente a cada uno de los comensales un plato ovalado de gran tamaño, donde reposaban unos suculentos pedazos de carne asada. Aunque no eran muy grandes, despedían un delicioso aroma que al instante hizo salivar a Alberto. A su lado, Marta jugueteaba con el tenedor, moviendo y pinchando un trozo de carne de aspecto rosáceo.
—¿Qué clase de carne es esta? —inquirió la mujer.
Un incómodo silencio se apoderó del comedor. Todos los asistentes a la comida fijaron la mirada en Marta, con semblantes que mostraban confusión y… ¿nerviosismo?
Don Álvaro carraspeó suavemente, y todos los rostros se volvieron hacia el anfitrión en un movimiento que parecía coreografiado. Sin saber por qué, Alberto se puso tenso, como si temiera que aquella pregunta pudiera impedirle entrar en el negocio.
—Es cerdo, por supuesto —contestó Don Álvaro, arrancando la sonrisa de casi todos los invitados y alguna que otra carcajada.
El ambiente se relajó al instante. Alberto pinchó de su plato y saboreó la carne: jugosa, sabrosa y un poco fuerte. El sabor sí le recordaba a cerdo, pero no creía haber probado en su vida nada parecido. Todavía con aquel gusto en la boca, alcanzó su copa y la probó.
Al igual que la carne, nunca había tomado un vino similar. No podía negar que estaba muy rico, pero por debajo del característico sabor de un buen tinto había otro diferente, más metálico, que le recordaba algo, aunque no sabía el qué. Al mirarlo al trasluz, se quedó embobado con el hermoso color rojizo tan intenso que atravesaba la copa.
—Y, ¿qué hace tan especial a esta carne? —La pregunta de su esposa le sacó de su ensimismamiento—. Es decir, el cerdo no es un alimento muy exclusivo. No entiendo que haya gente que pague tantísimo dinero por comerlo.
El semblante de Don Álvaro cogió un poco de color cuando fijó su atención en Marta, y una extraña sonrisa se dibujó en sus labios antes de contestar.
—Verá, esta variedad de cerdo no es de uso muy común en la gastronomía. Lo criamos y sacrificamos para uso propio. Además, parte de la elaboración de nuestros vinos depende de este ganado. De ahí nacen las características tan especiales que nos definen.
Dando por terminada su explicación, el hombre se centró en su plato y siguió comiendo.
—Pues no lo entiendo —dijo Marta, susurrando para no incordiar al resto de invitados.
A su lado, Pierre lanzó una sonora carcajada. Luego miró a Marta como quien mira a un niño al que hay que explicarle la lección con más detenimiento del normal.
Chérie, se refiere a «cerdo largo».
La explicación solo contribuyó a aumentar el desconcierto de Marta. Alberto, en cambio, sí conocía esa expresión, aunque no recordaba su significado.
—Carne humana —intervino el hombre que estaba al otro lado de Pierre. Se trataba del lord inglés, que en ese momento se llevaba un enorme pedazo de carne a la boca. Lo saboreó con deleite antes de añadir—: ¡Deliciosa!
¡Eso era! Algo se revolvió en el interior de Alberto, en su estómago. Además, otra revelación se abrió paso por su mente. El vino, su color, el extraño sabor metálico… ¡Estaba elaborado con sangre! ¡Con sangre humana!
A su lado, Marta se había puesto en pie de forma brusca. Miraba a su alrededor horrorizada, mientras el resto de comensales la observaban con aire divertido. Antes de que Alberto supiera qué hacer, su mujer salió corriendo del comedor.
—No te preocupes —le dijo Pierre—, se le pasará en cuanto lo asimile.
Sin hacer caso a su amigo, Alberto salió tras su esposa. La encontró junto a la puerta, muy pálida, sufriendo arcadas pero sin llegar a vomitar.
—¿Te encuentras bien? —atinó a decir.
—¿Sabías a qué se dedicaban aquí? —preguntó ella con un fino hilo de voz.
—¡No! No tenía ni idea. Pierre solo me dijo que iba a ser una de las bodegas más exclusivas del mundo, y me ofreció la posibilidad de invertir en el negocio. ¿Ya estás mejor?
Marta lo ignoró, aunque no hizo falta que contestara; sus mejillas habían recuperado algo de color y un gesto de determinación invadió su rostro.
—Si quieres nos vamos ahora mismo —ofreció para apaciguarla—. No creo que…
—¿Estás de coña? —Marta lo miraba enfurecida—. Esta gente mata a personas para comérselas. Ahora que sabemos su secreto nunca nos dejarán salir de aquí con vida. Además, se supone que el negocio va a ser muy lucrativo, ¿no? ¿Por qué no aprovecharnos de ello?
Alberto, atónito ante aquel cambio, solo fue capaz de asentir en silencio mientras su mujer entraba de nuevo al comedor. Como siempre, Marta tenía razón. Cuando la siguió al interior ya estaba sentada junto a Pierre, sonriente, disculpándose ante todos por su reacción.
Una vez más, como tantas otras a lo largo del día, pensó en lo afortunado que era por tener a Marta siempre a su lado.

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