Onira

AVISO DE CONTENIDO SENSIBLE: este relato contiene escenas de sufrimiento y enfermedad infantil. Si son temas que te puedan afectar, quizá no te convenga seguir leyendo.

No necesito ver ni escuchar nada, basta con que esté cerca para saber que ha regresado. Sí, el nuevo brillo reemplaza a la luz grisácea que envuelve todo durante su ausencia, pero es la vitalidad que ahora flota en el ambiente la que me dice que está ahí. Llevo tanto tiempo encerrada que mis fuerzas ya están al límite; sentirle cerca es como aspirar una bocanada de aire fresco después de haber estado respirando durante horas en un ambiente enrarecido.
Me planteo por un instante qué forma adoptaré para recibirle en esta ocasión. Sé que le molesta mucho que me asemeje a su exmujer o a su madre, aunque la niña de ocho años es mi preferida. Tomar el aspecto de las mujeres de su vida es un valor seguro, siempre le hacen flaquear.
Por supuesto, no son las únicas formas que he cobrado frente a él: un león temible, un perrito juguetón, su profesor de matemáticas del colegio, el presidente del gobierno… Cualquier cosa que pueda pillarle con la guardia baja. Recuerdo la vez que me transformé en un gigantesco dragón negro. Hubiera sido más efectivo si esa increíble criatura no estuviese retorcida dentro de una jaula demasiado pequeña; error mío. Al final, la escena resultó más cómica que aterradora.
—Buenos días, Onira —saluda Lucas.
Uno de los muros invisibles que delimitan aquel espacio reverbera en el aire durante el instante en que él lo atraviesa.
—Buenos días, papi —respondo con voz melodiosa—. ¿Quieres que juguemos a tomar el té?
De todas las apariencias que suelo adoptar, esta es la que él más odia: una niña de ocho años con el pelo del color de la miel oscura recogido con una diadema, grandes y curiosos ojos castaños, sonrisa inocente con dos huecos en la dentadura, una miríada de diminutas pecas que nacen en el puente de la nariz y se derraman por las mejillas, vestida con un pijama veraniego con dibujos de Frozen. No soy la viva imagen de Martina, pero me acerco bastante.
Lucas aprieta los puños, odia que juegue así con sus emociones. Es irónico que él se sienta agraviado cuando soy yo quien está prisionera.
—Hoy no estoy de humor para tus juegos.
Sin necesidad de hurgar en la cerradura, abre la puerta de la jaula, pasa al interior y vuelve a cerrarla a su espalda. Me acerco a él con la cabeza gacha y un peluche en las manos; es un Pikachu casi idéntico al que le ha comprado por la mañana a la verdadera Martina. Levanto la vista, abrazada al muñeco, y de mis ojos brotan dos exagerados torrentes de lágrimas. Llorar se me da fatal.
—No me encuentro muy bien, papi. Me duelen la cabeza y la tripa. ¿Me llevas al médico?
—¡Basta! —grita Lucas, que tiene que contener sus propias lágrimas—. Sabes que no quiero hacerte daño, Onira, pero si vuelves a hacer una imitación de este momento…
Deja la amenaza inconclusa. No son más que bravuconadas que, en otras circunstancias, no me asustarían. No obstante, en mi estado de extrema debilidad prefiero no tentar a la suerte. Además, hay algo en él diferente a otras ocasiones, una convicción que nunca antes había visto.
—Transfórmate en cualquier otra cosa y vámonos —me dice más calmado.
Con mucho más esfuerzo del que debería costarme, la niña desaparece y su lugar lo ocupa un joven rechoncho, con el pelo grasiento y la cara llena de granos. Luzco una camiseta vieja de AC/DC y unos vaqueros gastados. Soy una caricatura del propio Lucas en su época adolescente.
—¿Mejor así?
El Lucas adulto entorna los ojos y lanza un suspiro. Sin darme el gusto de sentirse ofendido, sujeta mi rostro con las manos y pega la frente contra la mía. Nuestras miradas se cruzan y entrelazan, creando la conexión que permitirá el viaje. En la mente de Lucas solo hay sitio para su hija, para Martina, y todo se vuelve negro. La próxima vez que veamos algo, estaremos dentro de sus sueños.

***

Aunque Lucas me llame Onira, ese no es mi verdadero nombre. A decir verdad, no tengo ningún otro. Onira es lo que soy, lo que me define. Las oniras somos criaturas que habitamos el mundo de los sueños. No es que se sueñe con nosotras; existimos, tenemos vida propia y conciencia más allá del huésped, del soñador. Vivimos en nuestra propia realidad: el mundo onírico.
Los sueños de las personas son nuestro alimento. A cambio, solemos adoptar una forma con la que el soñador anhela encontrarse. Esa es una de nuestras mejores capacidades, la de leer los más íntimos deseos y moldearlos a nuestro antojo. Podemos ofrecer consuelo, insuflar fuerzas, generar esperanza y, aunque no nos gusta, también somos capaces de dibujar la más terrible de las pesadillas. En ocasiones le regalamos al soñador alguna premonición, cosas poco importantes y sin detallar; no podemos darle los números ganadores de la lotería, pero sí insinuar que su boleto va a ser premiado.
Fue una de esas premoniciones la que me ha llevado a esta situación.
La primera vez que me colé en los sueños de Lucas acabé abrumada por la intensidad del dolor que oprimía su alma. Todos y cada uno de sus pensamientos estaban protagonizados por su hija Martina; a pesar de ser lo que más quería en el mundo, ese amor se veía eclipsado por sentimientos como el miedo, la angustia o la tristeza más extrema. No me hizo falta escarbar demasiado para saber qué sucedía.
La niña llevaba casi dos años en coma inducido, víctima de una meningitis mal diagnosticada y peor tratada. Su cerebro había sufrido graves daños que impedían despertarla con un mínimo de garantías, así que lo más seguro para ella fue mantenerla en ese estado hasta que la ciencia o la divina providencia hicieran un milagro. Durante todo aquel tiempo no se había producido ningún cambio. Sin embargo, yo sabía que al día siguiente iban a suceder cosas, así que decidí intervenir.
Adopté la apariencia de Martina y me acerqué a él. La versión onírica de Lucas me miró con una alegría que iluminaba su rostro. Tras unos instantes en los que su felicidad fue máxima, debió de percibir algunos detalles que le hicieron sospechar. Quizá no me pareciera tanto a la verdadera Martina.
—Tú no eres mi hija —me acusó.
—Sí lo soy.
—No, no lo eres. Estoy soñando, ¿verdad?
Aquello no me alarmó, no era tan extraño que sucediera. La gente capaz de dominar las técnicas de los sueños lúcidos podía diferenciar lo real de lo soñado. Solo tenía que continuar con mi actuación para que terminara por aceptar mi presencia e integrarme en su sueño.
Me abracé a él y a punto estuvo de dejarse llevar por la ilusión. Pese a ello, logró mantener la lucidez. Con movimientos firmes, se soltó de la imagen distorsionada de su hija y me miró con gesto serio.
—No eres ella —sentenció—. ¿Por qué me haces esto?
—Sí soy yo. —Dibujé en mi rostro una mueca triste y Lucas sufrió otro momento de debilidad, lo que me proporcionó la ocasión perfecta para darle mi mensaje—. He venido a despedirme, papi. Mañana me voy.
—¿Cómo que te vas? ¿Adónde?
—Tengo que seguir mi camino. Te quiero mucho, pero debo continuar.
Sin darle tiempo a replicar, hice que se despertara. Aunque no parezca demasiado, una despedida de ese tipo podía ayudarle mucho a superar la inminente muerte de Martina; el corazón de la niña se detendría al día siguiente y, junto a su vida, se esfumarían las esperanzas de Lucas.
El tiempo fluye de diferente manera en el mundo onírico que en el de la vigilia. La eternidad puede transcurrir en un segundo mientras que un instante se puede dilatar durante eones. Después de visitar miles de sueños me encontré de nuevo con él.
En el mundo real, Lucas estaba sentado en un butacón junto a la cama de su hija, sujetándole la mano en un intento de insuflar fuerzas a su lánguido cuerpo. Su subconsciente adormecido trasladó la escena al sueño, lo que me permitió adoptar otra vez el papel de Martina.
—¿Por qué no me dejas ir, papi?
Tal y como predije, la niña murió el día después de nuestro primer encuentro, pero los médicos lograron devolverle la vida. Eso mismo había vuelto a suceder unas horas antes. La doctora que llevaba su caso creía imposible que sobreviviera a otro paro cardiaco más; había agotado su última vida extra. Lucas se negaba a aceptarlo.
—Porque eres lo más importante que existe en este mundo —contestó. Me apretó un poco más la flácida mano, con el corazón encogido y las lágrimas derramándose por sus ojos. Después me abrazó.
—Tengo que irme. Este ya no es mi lugar. Debes dejar que me vaya.
Entonces sentí algo extraño. Al mirar a mi alrededor vi que ya no estábamos en la habitación de hospital, todo había desaparecido. Solo quedábamos nosotros dos en un inmenso vacío blanco. La mirada de Lucas, carente del amor que profesaba a su hija, se clavó en mí y unas cadenas surgidas de la nada me atraparon los miembros.
Allí no existían más reglas que las que él quisiera imponer. Era todopoderoso y el mundo se doblegaba a sus antojos y caprichos. Yo era lo único que escapaba a su control.
—Por mucho que lo intentes, no conseguirás soltarte —dijo al verme forcejear—. Este sueño ha sido creado para ser tu prisión. Ahora, dime qué eres.
Le respondí con el alarido más espeluznante que él jamás hubiera escuchado, un grito que, además, tuvo la facultad de despertarle.
La ausencia del soñador debería de haberme liberado. En cambio, las cadenas se mantuvieron firmes. Aquel sueño había sido construido con mucho esmero, una prisión onírica que no dependía de la presencia de su creador. Solo quienes dominan a la perfección los sueños lúcidos son capaces de desarrollar semejantes técnicas; que Lucas hubiese construido aquella cárcel para mí significaba que se había preparado a conciencia para ello.
Quizá no supiera con exactitud qué era yo, pero ya intuía algo. Su motivación, su mayor anhelo, era salvar a su hija, y mi existencia le ofrecía una esperanza, un clavo ardiendo al que agarrarse.
Durante el escaso tiempo en que se mostró vulnerable antes de enviarnos a los dos a aquel vacío, su mente quedó abierta para mí. Entre sus pensamientos enmarañados, me topé con una serie de ideas que podían explicar sus intenciones. Supuestamente, los medicamentos que inducían el coma mantenían la actividad cerebral de la niña a niveles mínimos. No obstante, había quien aseguraba que en ese estado se seguía soñando. Y no solo eso; era común la creencia de que los enfermos podían escuchar las voces de quienes les hablaban y que eso resultaba terapéutico. Lucas tenía la pretensión de usar aquellos pseudoconocimientos; la cuestión era que aún no sabía cómo hacerlo.
Si de verdad quería que yo le ofreciera respuestas, era cuestión de tiempo que regresara. Cuando lo hizo no se encontró con Martina; en el mismo lugar en que dejó encadenada a su hija estaba Paula, su exmujer. A pesar de la sorpresa que se llevó, no se dejó engañar.
Aquel fue el primer encuentro de varios, y todos transcurrieron de la misma manera: yo adoptaba una forma que pudiera desestabilizarle, él ignoraba mis provocaciones, me preguntaba qué era y yo le respondía con evasivas. Me mantuve firme durante incontables interrogatorios. Pudo haberme torturado, pero nunca llegó a haber contacto físico. Ignoro si fue por no atreverse a hacer daño a las imágenes que yo adoptaba o por no querer lastimarme a mí.
Entonces llegó el día en que empecé a debilitarme. Aunque las oniras nos alimentamos de los sueños, son los soñadores quienes aportan la energía. Aquel vacío blanco, que solo se regeneraba un poco con cada visita de Lucas, estaba ya agotado y se antojaba insuficiente para mantenerme.
Por supuesto, acabé cediendo. Como íbamos a tener una charla de gran trascendencia, escogí la imagen de alguien cuyas palabras tuvieran la facultad de calar hondo en él: la de su propio padre. Le conté todo lo que quería saber sobre mi naturaleza y la de mi especie. De entre todas mis habilidades, hubo una que le generó especial interés.
—¿Puedes viajar al sueño de la persona que quieras? —Ante mi respuesta afirmativa, Lucas se mostró emocionado—. ¿Puedes guiar a mi hija a través de los sueños para salvarla?
—Lo que pides es imposible —contesté—. Los sueños son manifestaciones en la mente de quienes duermen, no tienen efecto alguno en el plano físico. Morir en un sueño no significa que también lo hagas en la vida real; simplemente te despiertas.
—¿No se puede hacer, o no quieres?
—Escucha bien lo que te digo: por duro que te parezca, el único destino de Martina es la muerte. Cuanto antes te mentalices de ello, antes podrás pasar página.
Mis palabras, salidas de boca de su padre, tuvieron un efecto devastador en él. La expresión agitada de su rostro se volvió taciturna y el brillo esperanzado de sus ojos se esfumó. Dando la conversación por terminada, desapareció de mi vista.
No sé el tiempo que pasó en el mundo real hasta que volví a verlo, pero en mi cárcel onírica fue una eternidad. La falta de sueños frescos de los que alimentarme menguaron tanto mis fuerzas que abracé la posibilidad de mi final como algo inminente. Cuando sentí de nuevo la presencia de Lucas, tuvo en mí el mismo efecto que un vaso de agua para alguien perdido en un desierto; insuficiente para vencer la sed, al menos servía como incentivo para no rendirse.
—¿Puedes llevarme contigo? —preguntó—. A los sueños de Martina, me refiero. ¿Puedes hacerlo?
En esta ocasión adopté la forma de un gato sin esmerarme mucho en que fuese reconocible. Un cuerpo pequeño y poco definido requiere menos energía que uno grande y más detallado.
—Sí —contesté—. ¿Qué pretendes con ello?
—Que tú no seas capaz de salvarla no impide que yo quiera intentarlo.
—Estoy muy débil para hacer semejante viaje. He estado prisionera demasiado tiempo en este sueño sin poder alimentarme. Antes debes liberarme.
—Si lo hago, escaparás.
—Si no lo haces, moriré y no podré ayudarte.
Aquello era una encrucijada para él. Era consciente de que su plan podía no funcionar, aunque ponerlo en marcha le permitiría al menos compartir tiempo con su hija. Al final optó por una solución intermedia.
A nuestro alrededor, un paisaje boscoso sustituyó a la inmensidad blanca. Estaba construido sin mucho empeño y con poco detalle, pero la energía usada para crearlo, sin ser un alimento puro, bastó para hacerme sentir mucho mejor. Unas enormes paredes enrejadas formaron una jaula y las cadenas que sujetaban mis patas de felino desaparecieron. Todavía prisionera, por primera vez desde que llegara allí tuve algo de libertad.
Recuperadas las fuerzas, iniciamos un viaje por los sueños de Martina.
Aquella primera incursión supuso un duro golpe para él. Esperaba encontrarse en un sueño feliz en el que su hija disfrutara de la vida que se le había negado; en cambio, lo que descubrimos fue un escenario gris y carente de vitalidad. Era un mundo agonizante, al igual que la persona que lo había creado.
Estábamos en el dormitorio de la niña, aquel que fuera su santuario cuando aún gozaba de salud. La habitación, pequeña, contaba con una cama, una mesilla, un armario, un pupitre con su silla, dos baldas en la pared y un gran cajón vacío. No había rastro de juguetes, de cuentos, de pinturas; tampoco había ropa desperdigada por el suelo ni doblada sobre los muebles.
En la cama reposaba una figura que hubiera podido pasar por una muñeca de porcelana. Lucas se arrodilló, acarició el pálido rostro de su hija y estrechó una diminuta mano entre las suyas.
—¡Martina! —susurró—. Despierta, cariño.
Los ojos de la niña se abrieron un poco, somnolientos y confusos, antes de fijarse en su padre. En ese momento se produjo un cambio: los opacos tonos grises que nos rodeaban se volvieron más luminosos, incluso reflejaban algún atisbo de color.
—¿Papi? —Lucas, asolado por un llanto incontrolable, asintió—. ¿Por qué lloras?
—Porque he venido a llevarte a casa.
—Pero yo ya estoy en casa. ¿No lo ves?
—Me refiero a la de verdad.
Martina esbozó una sonrisa carente de alegría.
—Esa ya no es mi casa —contestó—, mi lugar es este. Aunque parezca un sitio triste, aquí no me duelen la cabeza ni la tripa, puedo dormir todo lo que quiero y cuando os echo de menos a ti o a mamá, venís a arroparme o a contarme un cuento. ¿Quieres contarme un cuento, papi?
—¡Claro! —logró decir entre sollozos.
No llegó a contárselo. La pena y el dolor que sentía hicieron que se despertara. Yo intenté escabullirme, pero la ausencia de Lucas me arrastró de nuevo a la jaula que había construido para mí.

***

Muchos más viajes como aquél se sucedieron a partir de ese momento. Lucas venía a verme, yo intentaba fastidiarle con mis apariencias y después nos transportábamos a los sueños de Martina.
Con cada salto que realizábamos yo me debilitaba más. Como el sueño construido para albergar mi cárcel no bastaba para alimentarme, los sueños de la niña se convirtieron en mi principal sustento. Aun así, el poder que de allí extraía era de muy baja calidad. Aquella realidad, inducida por los medicamentos que mantenían el coma, era tan ficticia o más que el mundo onírico en que estaba prisionera; podía saciarme, pero todo lo que ingería apenas me aportaba nutrientes.
Para Lucas tampoco fue una experiencia muy agradable. Aquel era el mundo de Martina y era ella quien ostentaba todo el poder, mientras que los demás debíamos conformarnos con ser meros espectadores. Eso frustraba a su padre, cuya determinación por salvarla no le permitía disfrutar de la compañía de la niña.
Si yo me volvía más débil con cada visita a la mente de Martina, sus sueños se volvían cada vez más luminosos y coloridos. La diferencia entre uno y el siguiente era inapreciable, pero al comparar el último con el primero, una simple colección de sombras, gris sobre gris, el contraste resultaba abrumador. Pese a que en el mundo real siguiera en un coma del que jamás fuese a regresar, su conciencia en el mundo onírico continuaba ganando fuerza.
Los primeros encuentros se redujeron a charlas lacrimógenas entre padre e hija. Lucas no buscaba más que pretextos para convencer a la niña de que debía esforzarse por sanar; le prometía que permanecería a su lado durante la lucha y que juntos serían capaces de vencer cualquier impedimento que se cruzara en su camino. Martina, por su parte, se negaba a emprender esa lucha que él tanto ansiaba, aunque no lo hacía de una manera directa; siempre dejaba abierto un resquicio para que las esperanzas de su padre no acabasen ahogadas.
Siguiendo el mismo ritmo que el color de los sueños, las visitas a aquel mundo dejaron de ser tan amargas. Poco a poco, las conversaciones se fueron centrando más en los buenos recuerdos, en momentos alegres que los dos compartieron en otra vida. En ocasiones, los viajes nos llevaban a lugares en los que ambos fueron felices: un parque de atracciones, la sala de un cine, el césped de una piscina…
Si bien Lucas seguía sintiéndose triste, el sentimiento ya no era el mismo que experimentase al principio. La frustración fue sustituida por nostalgia, la determinación por aceptación, la falsa esperanza por resignación. Cada vez se preocupaba más por disfrutar del tiempo que pasaba con Martina y de que ella también lo hiciera. Él no se dio cuenta pero yo, que tengo la capacidad de ver en su interior, sí reconocí el cambio.
Aunque todavía era pronto, faltaba muy poco para que estuviera listo.

***

Lucas aterriza en el suelo con la misma gracilidad con que una mariposa se posa sobre una flor. Yo, en cambio, me estampo contra la verde pradera que Martina ha escogido para este encuentro. Soy incapaz de mantener la apariencia del joven rellenito que una vez fue Lucas, así que opto por convertirme en una roca; el viaje ha agotado mis reservas de energía y ser un objeto inerte me ayudará a conservar la poca que pueda asimilar.
La niña aparece allí salida de la nada. Al ver a su padre, se acerca hasta él y lo abraza con inmensa ternura.
—¿Cómo estás hoy, cariño?
—Cansada —responde. Como si quisiera escenificar el significado de sus palabras, se deja caer sobre la única piedra que puede servirle de asiento: yo.
Martina nunca me ha visto, tampoco creo que sepa de mi existencia. Estar atada al sueño de Lucas me resta libertad para mostrar mi verdadera naturaleza. Eso no impide que algunas de mis otras habilidades me sigan siendo útiles. En esta ocasión, por ejemplo, he descubierto algo de vital importancia.
—Me gusta este lugar. —Lucas mira a nuestro alrededor mientras se sienta también sobre mí. Estamos en un prado de hierba verde y fresca que se extiende por una llanura ondulada; toda la campiña está rodeada por zonas boscosas salvo en un punto, donde se ve una concentración de pequeñas casas de paredes blancas y tejados rojos; una cadena montañosa con las cumbres nevadas se recorta contra el cielo en el horizonte—. Me recuerda a aquellas vacaciones que pasamos en Quintanamartas.
—Fueron las últimas vacaciones que pasamos juntos: tú, mamá y yo. Fue el mejor verano de mi vida.
Esa última frase de la niña rompe algo en el interior de Lucas, que estaba conteniendo la compostura a pesar de la atroz batalla de emociones que se libraba en su interior.
—¡Deberían ser muchos más veranos! —Las lágrimas surcan su rostro—. Mereces la oportunidad de crecer, de hacer amigos, de enamorarte, de cometer errores y aprender de ellos, de sacar de quicio a tus padres. Tus sueños deberían de ser metas que perseguir, no recuerdos que endulcen mi pesadilla. Tendrías que poder vivir.
A pesar de la inmensa tristeza que los envuelve, Martina no llora. Creo que ella también lo sabe. Por eso ha creado un paisaje que significa tanto para los dos.
—Papi, nunca llegaré a ser mayor, pero sé que lo que he vivido ha sido bueno gracias a ti y a mamá. He tenido suerte porque me habéis querido mucho. Lo demás no importa.
Los dos se abrazan y se mantienen así largo rato, en silencio, grabando en su piel el contacto del otro para no olvidarlo nunca. Lucas aspira del cabello de su hija, olvidándose de que el aroma no es más real que la pradera que les rodea. Martina se deleita en la protección que ofrecen los brazos y el pecho de su padre, queriendo convencerse de que, en otras circunstancias, aquel sería el sitio más seguro del universo.
La voz de la niña les transporta de nuevo a los dos a aquella realidad hecha a medida, aunque la magia del momento todavía persiste en el ambiente.
—¿Vas a dejarme ir?
En lugar de soltarla, la aprieta más contra sí; quiere alargar el abrazo todo lo que sea posible.
—Nunca estaré listo para hacerlo —susurra. Los sollozos le impiden hablar más alto—. Aun así, creo que tendré la fuerza suficiente para soportarlo.
Martina ya no es capaz de contener el llanto y rompe a llorar.
—¿Te quedarás conmigo hasta el final?
Lucas asiente en silencio mientras la acuna, igual que hacía cuando solo era un bebé. Sorbe por la nariz y pega los labios a la frente de su hija, condensando en una infinidad de pequeños besos todo el amor que siempre sentirá por ella.
El paisaje comienza a perder brillo y, con él, la energía que me mantiene con vida. Las cumbres nevadas se derriten al mismo ritmo en que la hierba y los árboles se secan. Los diferentes colores verdes se funden en un solo tono grisáceo y lo mismo sucede con el rojo de los tejados del pueblo y el cielo azul que nos cubre. El terreno ondulado se vuelve liso y los bosques desaparecen, hundidos en el suelo al igual que las montañas.
En lugar de acabar en la nada más absoluta, regresamos a la habitación en que encontramos a Martina por primera vez. Es la casa de su infancia, su dormitorio, igual de oscuro y gris que en aquella ocasión. Lucas, sentado en la cama, todavía sostiene a su hija en brazos. Se mece hacia delante y hacia atrás, llorando y sin dejar de besar la frente de la niña.
El tiempo acaba por agotarse para ellos. Martina se ha ido.
Sin ella, sus sueños no existen. De regreso a mi jaula, me sorprende ver que Lucas sigue ahí. Creí que, llegado el momento, despertaría del peor de sus sueños. En cambio, le veo caído en el suelo, abrazado a sí mismo y sollozando como un niño asustado. Sin embargo, mi estado es todavía peor.
Llevo tanto tiempo sin alimentarme con energía de verdad que he alcanzado mi límite. No me restan fuerzas siquiera para adoptar un aspecto definido, ahora no soy más que un ente sin forma, color ni consistencia. De no estar atada a Lucas, es probable que no hubiera podido regresar del último sueño de Martina.
—Todo es culpa mía —gimotea aún en el suelo—. ¡Un padre debería salvar a su niña!
Su dolor es sincero, libre de rencor. Creo que logrará superar la muerte de su hija. Ojalá yo pudiera decir lo mismo. Mi final está muy próximo.
—Lo siento mucho —continúa Lucas, dirigiéndose a mí. Su voz va cargada de arrepentimiento—. Onira, he sido muy injusto contigo. Te he mantenido prisionera para obligarte a hacer un imposible. Tú lo sabías desde el primer momento y no te hice caso. Martina se ha ido, tal y como predijiste, y yo te lo he pagado encarcelándote y usando tus habilidades para complacer mis fines egoístas.
Pese a ser incorpórea, siento que me está mirando a los ojos. En los instantes que dura el silencio entre sus palabras, las rejas de mi jaula se desvanecen, al igual que los muros invisibles que delimitan el sueño artificial. Soy libre por primera vez en mucho tiempo; lástima que no tenga fuerzas para huir.
—No creo que jamás te pueda compensar. Solo espero que no sea demasiado tarde para devolverte la libertad.
No tengo forma de decírselo, pero sí lo es.
¿O tal vez no?
Una brisa, húmeda y fresca, me arrastra hacia un lado. Entonces extiendo una mano y me aferro a un puñado de hierba. ¡Una mano! ¿De dónde he sacado fuerzas para transformar mi cuerpo? Echo un vistazo a mi alrededor y veo una pradera similar a la que hemos visitado poco antes, con sus montañas, sus bosques y su pueblecito de tejados rojos, aunque de dimensiones más reducidas.
—Aquí es donde pasamos las últimas vacaciones en familia —me explica Lucas—. Martina lo recordaba todo mucho más grande porque lo vio desde la perspectiva de una niña.
La energía, la vida que me rodea, es la de un auténtico sueño. Incluso sin asimilar toda la cantidad que yo desearía, el alimento es suficiente para concederme fuerzas. Me siento como alguien a quien han rescatado de las profundidades del mar y vuelve a respirar el aire de la superficie.
—Aguantaré sin despertar hasta que tengas la fuerza necesaria para viajar a otros sueños. Solo te pido un favor: cambia de forma. —Al oír sus palabras, observo mi aspecto y veo que tengo el de Martina, el que más he usado desde que me atrapó—. No me importa que en el futuro vuelvas a visitarme y uses su imagen, pero hoy no; antes tengo que superar su pérdida.
Sin querer ahondar en su dolor, me transformo en un joven que nada tiene que ver con él. Si bien el proceso me agota, es bueno sentir que la vida vuelve a mí. Creo que incluso podría irme de allí si quisiera.
—Esto es un adiós —le digo—. Tú también eres libre.
—Entonces me despertaré e iré a despedirme por última vez de mi niña.
Lucas no me ha entendido.
—No me refiero a eso. Has dejado marchar a Martina y me has dejado marchar a mí. Por fin podrás seguir con tu vida. Eres libre.
No hace falta que él diga nada más, sé que no comparte mi opinión. También sé que no tardará en hacerlo. Esa es una de mis habilidades, conocer detalles, destellos del futuro, y siento que el suyo no será tan malo como ahora se imagina.
Llegado el momento de la despedida, levanto una mano. Sin esperar a que Lucas imite mi gesto, me desvanezco de aquel paisaje para viajar al mundo de otro soñador.

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