Posesión, un relato samurái

Cuenta una antigua leyenda japonesa que, al morir en batalla contra un terrible enemigo, el alma de los grandes samuráis no abandona este mundo, sino que se refugia en su katana hasta que un guerrero digno la empuñe de nuevo. Entonces, el alma de ese samurái se fundirá con la del guerrero, formando parte de un único ser, y juntos buscarán la venganza que, a su vez, también hará justicia.
¿Suena muy bonito y épico, verdad? ¡Y una mierda!
Eso solo lo puedes pensar si no te ha tocado a ti. ¿Que no me crees? Puede que al principio te parezca superguay porque, de un momento para otro, empiezas a hablar en japonés cuando antes no entendías ni papa y aprendes a luchar como si fueras un auténtico experto en las artes samurái. Pero todo cambia en el momento en que te enfrentas cara a cara al ser que ansías derrotar. Y es en esas en las que me encuentro justo en este mismo momento.
Yo, Eduardo Santo Tomé, un chaval vallisoletano de 17 años, me estoy enfrentando en un combate a vida o muerte contra un señor japonés poseído por un demonio del antiguo Japón feudal. Puede parecer la mayor locura que hayáis oído en vuestra vida, y es muy probable que así sea, pero eso no resta veracidad a lo que está ocurriendo.
Los más escépticos os preguntaréis: ¿cómo es posible eso? Pues bien, aquí va mi historia.
Todo se remonta a hace unos meses. De no ser por Susana, la compañera de clase de la que llevo enamorado desde que tenemos nueve años, jamás me hubiera planteado ir al país del sol naciente. Pero claro, cuando en el instituto tocó aportar opciones para nuestro viaje de fin de curso, Susana propuso una visita de siete días a Japón. La chica puede ser muchas cosas, casi todas buenas, pero no se puede decir que sea muy popular. Por eso nadie secundó su idea. ¿Y quién fue el primer idiota en mostrar un interés desmesurado en ese plan? Efectivamente: un servidor. Lo que en realidad yo hubiera deseado, al igual que muchos de los que estábamos en esa reunión, era ir a un parque de atracciones y mostrarme como el tío más valiente al montar en una montaña rusa de esas en las que, al bajarte, te tiemblan las rodillas y no sabes si miras arriba o abajo. Pero ver la cara de Susana ante el silencio hizo que fuera incapaz de resistirme. No tengo ni idea de cómo todo el mundo acabó apoyando la propuesta, pero después de tres rondas de votaciones, el destino de nuestro viaje quedó decidido.
Fueron muchas las veces que me arrepentí de aquella decisión pero, cada vez que sucedía, no tenía más que pensar en la sonrisa que se formó en el pecoso rostro de Susana cuando me oyó decir que a mí me parecía una idea genial. Entonces se me pasaban todos los males y me sentía un poco más feliz.
Susana formó parte del comité que organizaba el viaje. Yo, aunque también me hubiera encantado participar junto a ella en las reuniones, tuve otras cosas más importantes de las que preocuparme, como mejorar mis notas para pasar el curso. No porque mis opciones de entrar en la universidad fueran lo más importante en mi futuro inmediato, como dice ese señor al que suelo llamar papá; la razón era que, si no aprobabas, no podías ir al viaje. Y eso, desde luego, era algo impensable para mi mente de adolescente.
Los siguientes meses pasaron volando. Aprobé por los pelos y, aunque en casa me echaron un buen rapapolvo por las notas tan pobres que saqué, pude asistir con el resto de mis compañeros a esa maravillosa aventura por tierras niponas.
El viaje de ida fue una pesadilla. Nunca antes había montado en avión, y como soy un tío propenso a marearme, me pasé las quince horas de vuelo directo, desde el minuto uno hasta el mismo momento de aterrizar, con el estómago en modo centrifugado y vomitando todo lo que había comido en los últimos siete años.
Salimos de España un martes al amanecer y cuando llegamos a Tokio ya era miércoles de buena mañana. Yo estaba molido, así que después de instalarnos decidí quedarme en el hotel. El resto disfrutó de la primera actividad del día: un paseo por los jardines Koishikawa Kōrakuen. Me encontraba tan mal que no me importó no poder estar cerca de Susana en un sitio que debía de ser bastante bonito.
Dormir unas cuantas horas fue lo único que necesité para sentirme genial. En cambio, el resto de nuestra expedición acusó el jet-lag y decidió pasar la tarde encerrada en el hotel. Solo tres personas, aparte de mí, estaban con ganas de hacer algo: Ricardo, el profesor de historia, que había sufrido un vuelo similar al mío; Jacobo Hernández, un empollón de la otra clase de bachillerato que, vistos sus dones sociales, bien podía sufrir del síndrome de Asperger; y la hermosísima y maravillosa Susana.
Cuando vi a los tres reunidos en el hall del hotel, me costó un imperio no dejar la boca abierta por la sorpresa. ¡Susana, allí!
No era ningún secreto para nadie lo que yo sentía por ella. La inmensa mayoría de los chicos no entendía qué veía yo en esa chica tirando más bien a grandona, con el pelo negro rizado y eternamente alborotado y la cara llena de pecas. Yo tampoco he sabido decir nunca qué veía en ella, pero la verdad es que cada vez que la miraba me costaba un mundo dejar de hacerlo. Sin embargo, lo que más me atraía de ella eran esas cosas que no se podían percibir con la vista.
En más de una ocasión yo había hecho el ridículo al pretender ganarme su corazón, y este viaje era la oportunidad perfecta para hacer otro intento. Tenía la esperanza de que esta vez pudiera salir bien. Y de pronto, durante el primer día, se me presentaba una situación inmejorable.
—Esperaremos diez minutos más —anunció Ricardo, fastidiado por ser el único adulto que se encontraba allí—. Luego, tal y como estaba planeado, iremos a Yanaka, uno de los barrios más tradicionales de Tokio. Sois muy pocos, así que no veo la necesidad de advertiros que os comportéis como dios manda y que respetéis todo lo que os encontréis.
Esos diez minutos se me hicieron mucho más largos de lo que creía posible. Me senté cerca de Susana e intenté entablar un poco de conversación, pero me puse tan nervioso que no pude preguntarla sin tartamudear más que por su vuelo.
Durante ese tiempo no bajó nadie más, así que los cuatro fuimos a la estación que había al lado del hotel y montamos en el tren que nos llevaría hasta ese pintoresco barrio.
Nunca lo hubiera dicho, pero cuando bajamos del vagón me vi transportado a otro mundo, uno que solo había visto en algunas películas de esas que echan los fines de semana por la tele. No había ningún rastro de la gran ciudad: todo eran edificaciones pequeñas y viejas, repletas de comercios que se abrían a las calles atestadas de gente, la mayoría turistas como nosotros, que iban de un lado a otro curioseando entre los locales de comida, las tiendas de recuerdos y suvenires, baños públicos, licorerías y templos.
Los ojos de Susana brillaban ante la emoción de recorrer aquel barrio. Yo me estaba planteando la manera de preguntarle qué deseaba visitar primero sin parecer un pringado complaciente, cuando ella me agarró de la mano y me arrastró hacia abajo por unas escaleras.
—¡Vamos! —dijo, excitada ante la perspectiva del mundo que se abría ante nuestros ojos—. Hay mucho que ver y no tenemos demasiado tiempo.
—¡Dentro de tres horas nos reuniremos aquí! —pude escuchar que gritaba Ricardo antes de que nos perdiéramos entre la multitud.
Caminamos un rato por el suelo empedrado, esquivando a la gente y sin mostrar interés en nada de lo que nos rodeaba. Yo estaba desconcertado ante la actitud de Susana, y aparte de los desbocados latidos de mi corazón por estar a solas con ella, me sentí más feliz de lo que nunca hubiera podido imaginar. Pensé en decir algo, pero decidí que era mejor callar y disfrutar del momento.
—Siento haberte arrastrado así, Edu —dijo ella al cabo de un rato—. No quería andar por aquí sola, y Jacobo es un tío que me da escalofríos. ¡Creo que está pillado por mí!
Oír aquella revelación me hizo sentir odio hacia el empollón.
—Susana —dije, pero ella no me dejo terminar la frase.
—Sí, ya sé lo tuyo. —La manera en que lo dijo, cómo si mis sentimientos por ella fueran un mal menor, rompió un poquito mi corazón. Pero lo que dijo a continuación ayudó a curar esa pequeña herida—: Pero tú me caes bien. Siempre me has caído bien.
En fin, no era lo que hubiera deseado para un momento de estar a solas con ella, pero al menos dejaba espacio para la esperanza.
—Bueno, entonces, ¿qué quieres ver primero? —pregunté en un intento de cambiar la conversación a un tema menos incómodo—. Seguro que tienes una lista enorme de cosas que deseas hacer en Yanuka.
—Yanaka —me corrigió con una sonrisa—. Pues sí. ¿Sabías que hay más de 300 templos en este barrio?
—No pretenderás visitarlos todos, ¿verdad?
La risa de Susana, que podía resultar un tanto estridente, para mí sonó como música celestial.
—No, con un par de ellos será más que suficiente. —Entonces se detuvo en medio de la calle, giró sobre sí misma para contemplar lo que nos rodeaba y señaló con un dedo—. ¿Qué tal ahí?
Se trataba de una tienda de antigüedades. ¿En serio? Disimulé mi desinterés con una cara de satisfacción que no pasó desapercibida. Volvió a agarrarme de la mano y tiró de mí hasta el local.
Al entrar nos encontramos en algo que solo supe definir como el museo más pequeño y abarrotado del mundo. Apenas podía caminar sin rozar ninguno de los objetos que había expuestos: jarrones y tarros de porcelana, figuritas pintadas con vivos colores, juegos de té de madera y de cerámica, muebles de madera decorados con filigranas doradas, kimonos, vajillas, estatuas religiosas, joyas envejecidas, máscaras ceremoniales, lámparas de aceite… y un sinfín de objetos más que fui incapaz de asimilar.
Susana cogió un kimono violeta y se lo colocó delante.
—¿Qué tal me queda?
—No está mal —respondí con una sonrisa.
Entonces reparé en un expositor que no había visto antes. Había un maniquí sentado con una máscara de aspecto enfadado, y tenía puesta una armadura samurái de color verde brillante y un casco con algo parecido a unos cuernos al frente. Sobre sus rodillas descansaba una katana enfundada que el maniquí sujetaba con sus manos enguantadas. Sin pensarlo, agarré el mango de la espada y la desenvainé.
—Y ¿cómo me queda a mí esto?
Adopté una postura que pretendía ser agresiva, pero que a juzgar por las risas de Susana más bien debió de resultar cómica.
Fue entonces cuando sucedió.
«¡Por fin!», dijo una voz dentro de mi cabeza. Hablaba en japonés, pero yo era capaz de entender lo que decía. «El momento ha llegado, podré buscar venganza y restaurar el honor perdido hace tantos años».
Si escuchar voces ajenas provenientes del interior de uno mismo no es suficiente motivo para asustarse, sentir que algo se apodera del control de tu cuerpo hace que uno se replantee su cordura. Sin que yo pudiera hacer nada para impedirlo, mi cintura giró y mis piernas avanzaron hacia el expositor en que descansaba la armadura. Intenté resistirme, pero fue en vano. Como si llevara haciéndolo toda la vida, empecé a colocarme las diferentes partes, de las cuales de repente me sabía su nombre.
—¡No puedes hacer eso! —gritó alguien a mi derecha, también en japonés y también entendible. Un anciano de baja estatura y con gafas, probablemente el dueño del local, se acercó a mí levantando un bastón de forma amenazante—. ¡Déjalo en su sitio y lárgate de la tienda!
Antes de que pudiera plantearme obedecer al anciano, mi cuerpo realizó un movimiento a una velocidad que pensé imposible de alcanzar. El brazo izquierdo agarró la katana, que descansaba junto al maniquí, y trazó un movimiento diagonal ascendente. El hombre se quedó paralizado cuando el bastón se dividió en dos mitades.
—¡Edu! —me reprendió Susana—. ¿¡Se puede saber qué demonios haces!?
—¡No lo sé! —respondí casi gimoteando.
«Si de verdad la amas, esa mujer no debe interferir. Por su propio bien».
No entendí el significado de aquellas palabras, y sin que yo pudiera impedirlo, terminé de vestir la armadura, me puse el casco («Se llama Kabuto») y guardé la katana en su funda antes de salir a la calle. El anciano se apartó de mí, asustado, y cuando Susana me agarró por el hombro para obligarme a mirarla, me deshice de ella de un empujón. La pobre chica cayó sobre una estante repleto de porcelana que acabó hecha añicos.
—¡Ni se te ocurra volver a tocarla! —grité enfurecido. Arrepentido por el gesto que yo no había hecho, me volví hacia ella para ayudarla a levantarse.
—¿A ti qué coño te pasa?
Susana rechazó la mano que yo le ofrecía. Estaba enfadada, tanto que sentí un poco de miedo.
—No lo sé. Hay algo en mi interior que controla…
Dejé la frase a medias. No me había dado cuenta de que, al ver a Susana caída, fui capaz de recuperar el control de mi cuerpo. Tal vez todo hubiera sido una alucinación y ya había acabado.
«No hay tiempo para esto», dijo la voz, rompiendo mi ilusión de volver a la normalidad. «Debemos ir al cementerio antes de la puesta del sol. Si yo he regresado, él también lo hará».
De nuevo, el ser que se había metido en mi interior tomó el control de mi cuerpo, y empecé a alejarme de la tienda con paso decidido.
—¡Edu! —oí que gritaba Susana, pero no conseguí darme la vuelta—. ¡Vuelve aquí ahora mismo!
Recorrí las calles como si supiera hacia donde iba. Me abrí paso a través del gentío, que se apartaban de mí y me señalaban como si fuera una atracción turística. Sentí que me ruborizaba, y no pude más que pedir disculpas cada vez que alguien se acercaba a mí para sacarse una foto.
«Debes de ser un honorable guerrero de gran valor para que Dojigiri te haya escogido».
—¿De qué hablas? ¿Se puede saber quién eres?
«Dojigiri es mi katana, la decapitadora de demonios, y yo soy Minamoto no Raiko. Mi alma ha reposado en su interior durante mil años hasta que tú la has empuñado. Ahora nuestro destino está unido en uno solo».
Entonces me contó la antigua leyenda de la que ya os he hablado al principio, esa de buscar venganza y justicia y blablablá.
—Lo siento, pero algo falla en esa teoría —protesté—. Yo no soy ningún guerrero, ni digno ni indigno. Y esta espada estaba en una tienducha llena de baratijas.
«¡Dojigiri te ha escogido!». Su voz retumbó dentro de mi cabeza. «Eso solo puede significar que Tange Sazen también ha regresado. Por eso debemos encontrarlo».
—Ya, pero ¿por qué antes de la puesta del sol?
«Porque Sazen en realidad es un demonio, y en ese momento su poder pasará a ser mucho mayor. Así es como me venció la primera vez. Si queremos ver cumplida nuestra venganza, hay que acabar con él antes del anochecer».
—¿Y cómo piensas encontrarlo?
«Estará en el cementerio. Cuando morimos, nuestros espíritus viajan al Yomi, la tierra de los muertos. Mi caso es especial, pues como ya te he contado, mi alma se refugió en Dojigiri. Ningún humano puede regresar del Yomi, pero Sazen no es del todo humano. Y la única forma de hacerlo es a través de lugares sagrados de muerte: los cementerios. Y allí permanecerá hasta que el sol se oculte tras el horizonte, momento en que su poder alcanzará su máximo».
Debía de haberme vuelto loco porque, aparte de estar conversando con un guerrero samurái muerto siglos atrás y que dominaba las acciones de mi cuerpo, le encontré sentido a aquella explicación. Pero lo peor de todo es que me gustaba la idea, me entusiasmaba la posibilidad de luchar contra un demonio en un combate a vida o muerte. También puede que no fuese locura, sino que el espíritu de Minamoto no Raiko se estuviera apoderando también de mi mente.
Caminé diez minutos más por aquellas calles estrechas, ignorando a todos los curiosos que querían fotografiarse conmigo. No hacía calor, pero el peso de la armadura me hacía sudar de lo lindo. La voz de mi cabeza no volvió a hablar durante ese rato, pero los movimientos de mi cuerpo todavía escapaban a mi control.
Por fin llegamos al cementerio, y si de mí hubiera dependido me habría quedado con la boca abierta ante el espectáculo que se desplegaba ante mí: un enorme jardín, repleto de árboles plagados de pequeñas flores blancas y sembrado de lápidas y esculturas funerarias, se abría por multitud de sendas y caminos. Era precioso, y sentí lástima de que Susana no estuviera ahí conmigo para contemplarlo.
Bueno, Susana ya nunca más sería una distracción. Después del trato que el inquilino de mi cuerpo le ofreció, dudaba mucho que volviera a dirigirme una mirada que no estuviera cargada de rencor. Intenté lanzar un suspiro, pero me resultó imposible.
«¡Concéntrate!», me ordenó la voz de Raiko.
—Está bien —me resigné—, vamos a ello.
El cementerio era uno más de los reclamos turísticos de Yanaka, razón por la que había mucha gente paseando entre las tumbas, muchas de ellas cargadas de ofrendas florales. Aquí ya no me tomaban como una parte más del espectáculo, sino que me miraban extrañados. Y yo no podía culparlos. ¿Qué pintaba un samurái en un cementerio?
«Atento, siento que Sazen está cerca».
La advertencia me puso un poco nervioso. Sin que yo se lo ordenara, mis manos se cerraron sobre el mango de la katana y la desencajaron de su vaina.
—¿Por dónde? —pregunté. No me di cuenta, pero la tensión hizo que susurrara.
No hubo respuesta, aunque mis pies avanzaron decididos hacia un claro atestado de lápidas. Resultaba curioso que en aquella zona, al contrario que en el resto del cementerio, no hubiera nadie.
«Te equivocas», me corrigió la voz de Raiko, «mira ahí delante».
En efecto. Junto a una construcción de piedra, coronada con un monolito de mármol oscuro, se encontraba arrodillado un hombre en actitud meditativa. Era un japonés de mediana edad, de aspecto muy pulcro y vestido con traje de ejecutivo. Algo en ese tipo me daba muy mala espina.
«Es él».
Mis pies se plantaron en la hierba a unos pocos metros de la espalda del hombre. Aunque yo estaba muerto de miedo, mi cuerpo mostraba una confianza que no me pertenecía; ni un solo temblor, ni una gota de sudor. Ni el desconocido ni yo hicimos movimiento alguno durante unos segundos que se hicieron eternos.
—¡Minamoto no Raiko! —rio el hombre mientras hacía ademán de ponerse en pie—. Me preguntaba quién vendría a recibirme en mi regreso a este mundo. Me alegro de que hayas sido tú.
Por primera vez desde que el espíritu se introdujera en mí, sentí que había dudas en la voluntad del samurái. Pero claro, era normal. Si todo aquello era real y no formaba parte de ninguna alucinación, el tío que tenía delante estaba poseído por el demonio que mató al tipo que me poseía a mí. Un reencuentro precioso.
—No te alegrarás tanto cuando te devuelva al infierno del que nunca deberías haber salido. —Toda esa frase salió de mi boca, pronunciada con mis labios y con el timbre de mi voz, expresada en un perfecto aunque algo anticuado japonés—. Tange Sazen, ¡ten enviaré de nuevo al Yomi!
Sin esperar a ningún tipo de señal, mi cuerpo se lanzó a la carrera con la katana alzada en actitud agresiva. Nuestro rival estaba desarmado y todo parecía que iba a acabar muy rápido, pero en el último instante apareció otra espada en sus manos, materializada de la nada. El choque de las dos hojas de metal provocó una vibración que hizo temblar todas mis piezas dentales.
Las dos katanas se quedaron durante un instante trabadas, y mi mirada se quedó fija en la de Sazen. Lo que vi no fueron unos ojos humanos; eran luminosos, refulgían con un brillo dorado que reflejaban una maldad sobrenatural.
La rodilla de mi contendiente ascendió y golpeó con fuerza en mi vientre, pero la armadura cumplió muy bien su misión. El rodillazo fue tan violento que, de no tenerla puesta, creo que me hubiera destrozado por dentro.
Volvimos a separarnos, dejando una distancia más que prudencial desde la que poder evaluarnos. Mi mano izquierda sujetaba nuestra arma manteniendo la hoja cruzada en horizontal frente al rostro. Sazen usaba otro estilo: empuñaba su katana abajo, con las dos manos, y el filo ascendía en diagonal para que le ofreciera protección. Los dos nos movíamos despacio, con pasos laterales, trazando un círculo alrededor de un eje invisible. Entonces el enemigo decidió atacar.
La velocidad con la que su espada se movía era endiablada, pero mis propios movimientos no se quedaban atrás. Aun así, Raiko no se encontraba cómodo manejando mi cuerpo. La falta de entrenamiento y el exceso de peso que significaba la armadura solo nos permitían estar a la defensiva, pero eso no era suficiente. Recibí varios golpes, aunque ninguno llegó a traspasar las protecciones metálicas y de cuero endurecido.
«¡Estás conteniendo mis movimientos!», gritó la voz en mi interior. «Deja que sea yo quien maneje tu cuerpo si quieres que tengamos una oportunidad de vencer».
—¡Es que ese tipo quiere matarme de verdad! —pude protestar cuando tuve un pequeño respiro. Debajo de la armadura, mi cuerpo estaba bañado en sudor, y mi respiración se veía acelerada por la falta de aliento—. Deberíamos salir corriendo.
«¡No! Eso, además de cobarde, sería lo más deshonroso que puede hacer un samurái. El Bushido ha de respetarse hasta las últimas consecuencias, y si he de morir de nuevo a manos de ese demonio, que así sea».
—Pero yo…
«No te preocupes. Si me cedes el control completo de tu cuerpo esta batalla solo podrá decantarse de un lado. Debes confiar en mí. Si Dojigiri te escogió, es porque estás preparado para esta lucha».
No tenía el más mínimo deseo de hacerle caso a ese espíritu que me había poseído, pero no tuve más remedio que hacerlo. Por lo visto, aunque no tuviera ningún control sobre mi cuerpo, si podía molestar para que Raiko tuviera alguna dificultad. Y eso no me convenía. Él estaba dentro de mí, y se había establecido una relación simbiótica entre los dos. Debía cederle el control absoluto si quería salir de allí con vida.
Un nuevo asalto dio comienzo antes de que tomara la decisión. Sazen embestía ahora con más fuerza y velocidad, pero esta vez me dejé llevar por el espíritu del samurái que habitaba en mi interior. Pude responder mucho mejor a sus ataques, y ya no me importunaba tanto el peso de la armadura. Es más, creo que éramos superiores a nuestro rival, aunque solo logramos hacerle cortes superficiales a su ropa.
Poco a poco la balanza se fue decantando a nuestro favor. El combate se desarrollaba en pequeños asaltos, en los cuales cruzábamos nuestras katanas buscando huecos por donde herir al rival. Después, como si estuviera planeado, ambos dábamos un par de pasos atrás, cogíamos aire y nos estudiábamos unos segundos antes de enzarzarnos de nuevo.
Era cuestión de tiempo que la pareja que yo formaba con Raiko diera el golpe definitivo. A la desesperada y buscando algo de ventaja, Sazen lanzó una patada, pero conseguimos evitarla. Eso hizo que cayera al suelo y quedara a nuestra merced.
—Por fin mi venganza se verá cumplida —dijo Minamoto no Raiko con mi boca y con mi voz.
Mis brazos se alzaron, dispuestos a descargar el golpe mortal, cuando un grito nos detuvo.
—¡Edu! ¿Qué demonios estás haciendo?
Reconocí la voz sin necesidad de mirar. Por supuesto, se trataba de Susana.
«¡Ignórala!».
Pero no podía hacerlo. Ella no sabía lo que en realidad estaba sucediendo. Solo me veía a mí, vestido con la armadura samurái que había robado un rato antes, a punto de asesinar a un hombre.
—¡Vete de aquí, Susana!
Pero no me hizo caso. El que sí aprovechó la situación para escabullirse y salir corriendo fue Sazen, que se ocultó entre las tumbas.
«¡Estúpido!», grito Raiko dentro de mi cabeza. «Hemos perdido la oportunidad de acabar con él, y el sol está a punto de ponerse. Ahora será mucho más peligroso». Tenía razón. Las luces artificiales ya se habían encendido, y la noche era algo más que una amenaza. «Debemos encontrarlo ya, o será demasiado tarde».
Pero no hizo falta encontrarlo. Sazen apareció a la espalda de Susana y la sujetó por el cuello. La chica de mis sueños gritó aterrorizada cuando el filo de la katana se posó en su piel. Yo también grité, porque todo había sido culpa mía.
«Todavía no tiene todo su poder. Debes dejar otra vez que yo tome el control de tu cuerpo, solo así podre…»
No dejé que dijera nada más. Acallé la voz de Raiko y recuperé mi cuerpo. Al igual que sucediera cuando lancé a Susana contra la estantería de porcelana, verla en una situación de peligro me permitió ser yo mismo. Pero ahora había algo diferente.
La katana vibró en mi mano. No hubo ninguna palabra, pero entendí el significado.
«Eres digno».
Con mayor velocidad de la que había utilizado cuando yo era Raiko, me acerqué a Sazen y de un golpe aparté la afilada hoja del cuello de Susana. Luego empujé a mi enemigo para alejarlo de la chica y nos enzarzamos en una nueva batalla.
Justo en este momento es en el que comencé mi relato. Como dije al principio, esto de ser poseído por el espíritu de un guerrero samurái no mola tanto como parece. Porque, a pesar de haber aprendido a luchar como un experto en un abrir y cerrar de ojos, supe que mi vida y la de Susana estaban en serio peligro.
La oscuridad, cada vez mayor, confirió a Sazen nuevas fuerzas. Pero lo que se había despertado en mi interior era superior a las habilidades que ya poseía Raiko. Era como si mis capacidades y las del samurái no solo se hubieran sumado, sino que se habían multiplicado.
Mientras luchaba, podía oír los gritos de Susana, pero no permití que me distrajeran de mi objetivo. Había mucho en juego.
Nuestras katanas se cruzaban una y otra vez, soltando chispas cada vez que chocaban en el aire. Cuanto más oscurecía, más peligroso se volvía Sazen, y más veces lograba atravesar mi defensa. Por suerte, la armadura cumplía a la perfección su cometido, aunque el dolor de los golpes llegaba a traspasar las láminas de cuero y acero. Yo también conseguía herirle de vez en cuando, pero solo eran cortes superficiales que arrancaban unas pocas gotas de sangre.
Tras unos minutos agotadores en los que ninguno conseguía ventaja sobre el otro, empecé a sentir que me faltaba el aliento. Mis movimientos se hicieron más lentos, y los ataques de Sazen lograron alcanzarme con más frecuencia y hacer más daño. Esto empezaba a pintar muy mal.
«Lo has hecho muy bien hasta ahora. ¡No te rindas!», dijo la voz de Raiko.
Pero no se trataba de rendirse o no. Se trataba de que había alcanzado el límite de mis fuerzas y no era suficiente.
Uno de los golpes de Sazen me alcanzó en la pierna y atravesó la protección de la armadura. El dolor más intenso que he sufrido en mi vida me obligó a caer al suelo, indefenso. Mi enemigo, con una sonrisa de pura maldad en los labios, se acercó hasta mí. Con la punta de su katana lanzó a Dojigiri fuera de mi alcance.
—Parece que voy a acabar otra vez con la vida del famosísimo Minamoto no Raiko. ¡Lástima que también me vaya a llevar por delante la vida del muchacho que ha acogido tu espíritu!
Yo temblaba de miedo, pero la voz de Raiko intentó tranquilizarme.
«No temas a la muerte. Tarde o temprano todos caemos en sus redes. Lo más importante es que has luchado con honor, y nuestra muerte será recordada como una gran gesta».
No sirvieron para quitarme el miedo, pero agradecí las palabras de Raiko.
La punta de la katana de Sazen se apoyó en mi garganta, y con hábiles movimientos cortó las tiras de cuero que ataban el casco.
—¿Últimas palabras antes de morir? —peguntó con tono socarrón.
Fue lo último que dijo. Una punta de acero apareció por su pecho, que se manchó de sangre a gran velocidad. La cara de estupor de Sazen fue un reflejo de la mía, que no entendí lo que había pasado. Solo cuando su cuerpo cayó al suelo, junto a mí, vi que Susana todavía empuñaba a Dojigiri, de cuya hoja goteaba sangre.
—¿Estás bien? —me preguntó, todavía asustada.
Asentí en silencio.
—¿Y tú?
Se encogió de hombros, pero las lágrimas a punto de saltarse de sus ojos desmentían ese gesto. Luego me ayudó a levantarme.
«Ya se ha consumado mi venganza y se ha hecho justicia», dijo Raiko. «Al final sí has resultado digno. Ahora mi alma podrá abandonar este mundo. Gracias».
Entonces dejé de sentir su presencia en mi interior.
—¿Qué demonios ha pasado? —me preguntó Susana, que me estaba ayudando a despojarme de la armadura.
—Si te lo dijera no me creerías —contesté.
—Prueba. Acabo de matar a un hombre por ti, creo que me lo debes.
A ella no podía negarle nada.
—Cuenta una antigua leyenda japonesa…

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