© 2018 por Jorge Pérez García. Creado con Wix.com

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Mis relatos

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A continuación podéis leer un avance de La profecía de Thebos, la primera novela escrita por mí que verá la luz el próximo 29 de agosto. Si os gusta lo que leéis, no dudéis en comprar el libro. También está disponible este avance en la plataforma Lektu.

LEER EL AVANCE

Alberto miró a su joven y bella esposa y sonrió al verla posar su mirada soñadora en los extensos campos de viñedos. Estaba guapísima con ese elegante vestido azul, aunque no era ni de lejos tan lujoso como su propio traje, hecho a medida por un reputado y codiciado sastre italiano. Marta se negaba a que le confeccionaran un vestido, y tampoco había aceptado ir de compras para esa ocasión. A ella no le gustaban esa clase de lujos, prefería lucir aquella prenda, una que ya antes la había

hecho brillar en más de un evento. Al menos había aceptado llevar el collar de zafiros que Alberto le regaló por su último cumpleaños.

Hace tan solo diecisiete meses hubiera resultado imposible imaginarse el vuelco tan radical que habían dado sus vidas.    SEGUIR LEYENDO

Va paseando por el bosque, tranquilo y despreocupado. No está muy seguro, pero a juzgar por la anaranjada luz que se cuela entre las copas de los árboles considera que se va acercando la hora de cenar. Eso es bueno, ya comenzaba a tener hambre.
Da media vuelta y se dispone a dirigirse a su casa. Conoce a la perfección el camino y no se preocupa mucho de seguir las señales que sabe indican el recorrido. Poco a poco la luz va disminuyendo. Debe apresurarse si quiere llegar a casa antes

de que la noche se le eche encima. Cruza el pequeño riachuelo que le abastece de agua potable por un pintoresco puente de piedra, y cuando llega al otro lado se da cuenta de que la oscuridad se encuentra frente a él.
En el suelo, a sus pies, hay una pequeña bolsa de cuero.    SEGUIR LEYENDO

Todo sucedió el día que cumplió trece años. Para Álvaro era un gran día. Desde que se mudó al pueblo con su familia, hacía más de un lustro, supo que esa era la edad en que iba a dejar de ser un niño para convertirse en un adolescente. A pesar de que los cambios de la pubertad ya habían comenzado a notarse hacía meses, solo el día de su cumpleaños sintió que superaba esa barrera, que ya estaba preparado para dejar atrás la infancia.
Después de celebrarlo con la familia llegó el momento de hacerlo con los amigos. El pueblo era pequeño, con poco más de una 

docena de chicos y chicas que andaban entre los diez y los dieciséis años. Aunque cada uno tenía su propio grupo de amigos, todos formaban una pandilla. Cuando se reunían no importaba la edad, ni que fueras chico o chica. Solo importaba el grupo, formar parte de la pandilla, rendir tributo a esa pequeña sociedad y cumplir con lo que se suponía que debía hacerse.    SEGUIR LEYENDO

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Cuando abrí los ojos solo vi oscuridad. Una oscuridad tan penetrante como si me encontrara en un ataúd. «Qué idea tan alegre», pensé para mis adentros.
Me sentía desorientado, muy desorientado. No recordaba nada de lo que había hecho antes de llegar allí. ¿Habría estado de fiesta? No sería la primera vez que me cogía una borrachera tan descomunal que ni 

siquiera era capaz de recordar cómo había llegado a casa.
Sin embargo había un pequeño problema: esa no era mi casa. Estaba casi seguro. O, por lo menos, ese no era mi cuarto. Junto a mi cama debería haber un reloj-despertador de esos que siempre proyectan la hora en el techo, y en el techo no se veía ningún rastro de los números rojizos. Tampoco me pareció que me encontrara en...    SEGUIR LEYENDO

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El ajetreo en Menserin era más que evidente. La festividad de la Luna Roja siempre era motivo de alegría y diversión. No en vano se celebraba aquel hecho insólito, en el que apareció en el firmamento una enorme luna roja. Eso ocurrió medio siglo antes, y los sabios auguraron todo tipo de catástrofes y desdichas. No pudieron estar más equivocados. El lustro que siguió a aquel misterioso hecho fue el más feliz y productivo

de los últimos tiempos. Nadie supo cómo apareció aquella luna en el cielo, pero todos intentaron atraer la suerte que brindó al mundo conmemorando cada año aquel magnífico fenómeno.

Como cada tarde, Ghandor entró en la posada del pueblo, dispuesto a cambiar un par de monedas por una refrescante jarra de buena cerveza...    SEGUIR LEYENDO

novio, muerte

—Bésame.

—No.

—Tengo que besarte.

—Sabes que no puedes.

—Y tú sabes que tengo que hacerlo. Me lo debes.

—Yo no te debo nada.

Durante unos instantes se hizo el silencio. Finalmente, ella

acercó su rostro hacia el de él. Ambos cerraron los ojos. Sus labios se juntaron.

 

Las horas se hacían eternas. La espera de lo inevitable hacía que el tiempo se estirara más allá de toda comprensión, haciendo que los segundos parecieran minutos, y los minutos horas.

Era la primera vez en los últimos dos días que Gabriel se quedaba...    SEGUIR LEYENDO

voces

Hoy las voces se han callado. Tras varios meses soportando ese constante runrún esta mañana por fin me han dado un pequeño respiro.

Al principio el silencio supuso un enorme alivio. Podía escuchar cualquier sonido que se produjera a mi alrededor sin la enfermiza distorsión de las voces. Pude apreciar en su plenitud el canto de los pájaros, el viento entre los árboles, el llanto de un bebé. Por primera vez en meses pude escuchar la radio y ver la televisión con la certeza de que mis sentidos no me engañaban.

Pero ese alivio solo duró unas pocas horas. Aunque pueda parecer extraño, a medida que avanzaba el día comencé a echar en falta ese coro que me había acompañado en todo momento desde hacía tres meses. Esos sonidos que al principio casi habían conseguido que...    SEGUIR LEYENDO

«Duérmete, niño, duérmete ya».
Puede que aún disfrutes de tu infancia; quizá la adultez sea quien domine ahora tu vida; tal vez tu juventud haya quedado atrás. Seas como seas, piensas que una nana ya no es apropiada para ti. Pero te equivocas. Su poder sigue siendo el mismo que tenía cuando aún usabas pañales: su influjo te envuelve y hace que olvides tus preocupaciones, que bajes la guardia, que te abandones al cansancio que se apodera de tu cuerpo y tu mente.

Por eso lo vuelvo a cantar, susurrando en tu oído las palabras, invitándote a atravesar ese fino velo que te mantiene despierto: «Duérmete, niño, duérmete ya».    SEGUIR LEYENDO