Una vez al año

Finca La Tamuja, 21 de junio de 1997
Desde su posición en lo alto de la torreta de vigilancia, Carol observaba a través de sus prismáticos las acciones de sus padres. Al igual que los cinco años anteriores, estaba nerviosa. Aunque quizás «nerviosa» no fuera la palabra más adecuada.

—Aterrorizada —dijo entre dientes, un susurro apenas audible.

—¿Qué? —preguntó Manu casi a su oído. Con un seco movimiento de cabeza, Carol ordenó a su novio que se mantuviera en silencio.

Solo unas pocas horas antes, cuando el sol todavía no se había ocultado tras el horizonte del día más largo de todo el año, estaba convencida de que tenerle allí con ella era un paso muy importante en su relación, pero ahora no albergaba más que dudas a ese respecto. ¿Y si no era capaz de soportar la presión y el miedo? ¿Y si algo salía mal y resultaba herido, o incluso muerto? ¿Y si después de aquella noche ya no quería volver a verla? ¿Y si…?

De nada servía ahora hacerse todas esas preguntas, ya no había marcha atrás. Manu estaba allí con ella, conocía los riesgos a los que se exponía, y sus padres habían dado su consentimiento para que participara en la noche de amenaza. Ambos se habían atrevido a dar aquel paso, quizás tan importante como hubiera sido casarse.

Ana María y Arturo, armados con sus rifles de caza modificados, se mantenían inmóviles en sus puestos, observando todo a su alrededor, atentos al más mínimo movimiento que pudiera apreciarse en la oscuridad. Llevaban muchos años haciendo eso mismo cada solsticio de verano, pero no por ello se les veía confiados; sabían que el más mínimo error podría resultar fatal, no solo para ellos, también para sus hijos y su futuro yerno.

Un brillo parpadeante llamó la atención de Carol. A su misma altura y treinta metros al este de donde se encontraba ella, su hermano Alberto le hacía la señal que tanto estaba esperando y que tanto temía.

Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para buscar con la mirada el objetivo de aquella cacería. No estaba preparada para afrontarlo, nunca lo estaría, pero eso no importaba, era su obligación enfrentarse a aquella cosa. Cuando por fin sus ojos detectaron la silueta de aquel ser salido del mismísimo infierno, dejó a un lado los prismáticos y cogió su propio rifle. Junto a ella, Manu profirió un gemido de terror.

La lógica decía que esa criatura no podía ser la misma, esa que el año anterior había muerto atravesada por una docena de estacas y consumida por el fuego. Pero Carol sabía que sí lo era. Siempre era el mismo monstruo, haciendo los mismos movimientos que las veces anteriores, acechando a sus presas, siguiendo las mismas estrategias y encontrando su final, cayendo una y otra vez en la misma trampa.
El ser, agazapado como un felino, acababa de abandonar la protección de los pinos y avanzaba silencioso, ajeno a la estrecha vigilancia a la que estaba siendo sometido.

—¡Dispara! —susurró Manu, y Carol estuvo tentada de hacerlo. Pero de dispararle a él, aunque se contentó con darle un codazo en las costillas. El resoplido de Manu hizo que enseguida se arrepintiera.

Antes de subir a la torreta habían repasado el plan una última vez, y Manu prometió que comprendía la importancia de seguir cada paso al pie de la letra. También le quedó muy claro que el silencio era algo primordial. Sin embargo, el terror que provocaba la criatura podía llevar a cualquiera a romper esas sencillas normas.

El engendro no pareció oír nada. El viento, aunque débil, soplaba en contra, y el constante agitar de las copas de los arboles también debía haber ayudado a ocultar los ruidos. Aquella cosa todavía seguía los pasos que se esperaba que diera.

Ayudándose de la mira telescópica, Carol observó los movimientos de sus padres. Por encima del terror sobrenatural que ejercía la criatura sobre ella, existía el temor de que ninguno de los dos hubiera advertido las señas luminosas de Alberto, pero ese miedo no tardó en desaparecer. Tanto Arturo como Ana María habían comenzado con su pantomima, interpretando a una pareja desprevenida que no se esperaba el ataque de un ser salido del infierno. Pero ella sabía que todo estaba bajo control. Cuando la criatura comenzó a aumentar su velocidad, su padre ya había preparado la bengala para actuar en cuanto llegara el momento.

Todo habría acabado en solo unos pocos segundos. El monstruo recortaba la distancia a una velocidad asombrosa, directa hacia el cebo y hacia la trampa que supondría su final, al menos durante un año.

Sin embargo, a escasos metros del lugar en que el suelo se abriría a sus pies, el engendro se detuvo en seco, mirando con atención hacia su derecha, como si algo hubiera llamado su atención. Era algo excepcional, algo que, desde que usaban aquella estrategia, nunca había sucedido.

—¡Mierda! —maldijo Carol—. ¡Mierda, mierda, mierda!

—¿Qué ocurre? —preguntó Manu, confuso ante la reacción de su novia.

—Esto no debería estar pasando, algo ha salido mal.

El miedo que sentía por la seguridad de sus padres volvió para golpearla con fuerza. Apuntó con su rifle, pero el pulso le temblaba demasiado.

Una explosión no demasiado lejana hizo que se sobresaltara. Alberto, desde su torre de vigilancia, había disparado. Aunque tenía buena puntería, falló el tiro, levantando una pequeña nube de polvo en el suelo a poco más de un metro de su objetivo. La criatura se volvió hacia donde había escuchado el disparo, y Arturo no desaprovechó la ocasión. Cogió su propio rifle y disparó con rapidez las cuatro balas de que disponía el cargador. Todas ellas impactaron en su objetivo.

Pero no fue suficiente. Aunque la criatura cayó al suelo, se levantó antes de que Arturo pudiera recargar el arma. Encaró hacia los padres de Carol, pero un instante después volvió a mirar hacia el punto que le había llamado la atención la primera vez, y luego salió corriendo.

Desde la seguridad del puesto de observación, Carol lanzó un suspiro de alivio. Vio a su hermano asomarse por la ventana de la otra torreta, y le iba a preguntar cómo se encontraba cuando escuchó gritos.

Era su madre, que protestaba ante la temeridad de su marido; al hombre no se le ocurrió otra cosa que salir corriendo detrás del monstruoso ser. Sin embargo, Ana María no fue capaz de predicar con el ejemplo, ya que un momento después hizo lo mismo en pos de Arturo.

—¡Mierda! —maldijo otra vez Carol.

No sabía qué hacer. La situación se había desviado demasiado del guion, y no tenían instrucciones que seguir. Imaginó cuales serían las ordenes que le darían sus padres, pero hacerlo tampoco sería de ninguna ayuda. Ellos dirían que se quedaran allí, cada uno en su torre, esperando a que la situación se aclarara.

—¡Tenemos que hacer algo! —gritó Alberto desde el otro puesto de observación.

Su hermano mellizo siempre había deseado entrar en acción, pero sin nadie que le guiara se convertía en un niño que no se atrevía ni ir al baño sin pedir permiso.

—Seguro que lo tienen bajo control —intentó tranquilizarla Manu.

Esas palabras hicieron que lo odiara un poco. Lo que en verdad decían era: «Carol, permanezcamos en este sitio seguro hasta que todo se solucione». Pues ella no pensaba quedarse allí, de brazos cruzados.

—No te muevas de aquí —le ordenó a su novio.

Nada más asomar el cuerpo hacia la escalera de cuerda, vio que Alberto estaba haciendo lo mismo. Bien, los dos trabajaban mejor cuando estaban juntos. Al llegar al suelo, los dos hermanos corrieron para reunirse. Debían trazar un plan.

Antes de que pudieran hablar, un grito aterrador hizo que se les pusiera la piel de gallina. Duró unos cuantos segundos, que se hicieron infinitos, antes de que el silencio más absoluto se adueñara otra vez de la oscuridad.

—¿Papá? —preguntó Carol, que de pronto se había puesto muy pálida.

—Ha sido un hombre, pero no me pareció él.

Deseó que fuera verdad, pero no guardaba muchas esperanzas. En la finca no había nadie más que ellos cinco. No cabía duda de que el grito había sido masculino, y el único hombre que podía haberlo lanzado…

Una serie de explosiones quebraron de nuevo el silencio de la noche. Cuatro, el mismo número de disparos que permitía el rifle de su padre. Después hubo más gritos, y esta vez no hubo ninguna duda de a quién pertenecían: los de dolor a Arturo, los de terror eran de Ana María. Se escucharon otros cinco disparos, y la agonía del hombre por fin se silenció.

Sin mediar palabra, como si los dos fueran movidos por el mismo pensamiento, Carol y Alberto echaron a correr en dirección al claro que antes ocuparan sus padres. Todavía les faltaban cincuenta metros cuando vieron aparecer a su madre. Corría con todas sus fuerzas, y se dirigía al lugar en el que estaba la trampa. Cerca de ella, más a cada paso que daba, la criatura iba en su persecución.

Alberto se detuvo al instante y se arrodilló en el suelo antes de apuntar con el rifle. Carol sabía que él era mejor tirador que ella, pero aun así tuvo la certeza de que no iba a acertar. Ella siguió corriendo, deseando alcanzar a su madre antes de que lo hiciera el monstruo.

La detonación del disparo hizo que casi tropezara. Levantó la cabeza, deseando haberse equivocado al pensar que su hermano iba a fallar, pero la criatura continuaba recortando la distancia que la separaba de su madre. El segundo disparo también erró.

Ya estaba muy cerca de su madre, y comprendió el plan que tenía. Quería saltar por encima de la trampa y hacer caer al monstruo en ella. Aunque lo tenía demasiado cerca, Carol creyó que lo iba a conseguir.

Un tercer disparo, la última oportunidad de abatir a la criatura, cayó a los pies de la bestia. Ahora todo dependía de que el plan de Ana María funcionase.

Dos segundos después, la mujer llegó al borde oculto de la trampa y saltó con todas sus fuerzas. El diabólico ser, que casi le había dado caza, se lanzó contra ella. Carol, testigo de excepción, lo vivió todo a cámara lenta: su madre volaba por encima de la trampa, pero la criatura se acercaba por el aire mucho más rápido. Justo antes de que la mujer tocara el suelo, las zarpas delanteras del monstruo se agarraron a sus hombros. Los dos cuerpos cayeron en el borde de la trampa, cuyo camuflaje cedió. Ambos se mantuvieron en equilibrio durante un instante, y al final la bestia cayó hacia el pozo.

Pero no se resignó a morir así. En el último instante consiguió agarrar el pie de Ana María y la arrastró consigo al fondo.

El grito de Carol fue estremecedor. Impulsada por una fuerza que no creía poseer, recorrió los metros que la separaban del enorme agujero excavado en el suelo. Al asomarse al interior una intensa vaharada de olor a gasolina hizo que le lloraran los ojos, pero se negó a retirarse del pozo. Allí vio al monstruo, atravesado por más de media docena de afiladas estacas, debatirse por alcanzar el cuerpo de su madre. Ella, empalada en una única lanza, buscaba algo en el bolsillo

—¡Tranquila! —chilló Carol, histérica—. Te sacaremos de ahí.

La respiración pesada de Alberto llegó junto a ella. Su hermano mellizo, acostumbrado a actuar acorde a las órdenes que le daban, se tendió en el suelo y estiró los brazos hacia el fondo del agujero. La acción resultaba inútil, el pozo tenía casi tres metros de profundidad.

—Os quiero, hijos míos. —Las palabras de Ana María sonaban muy débiles—. Ahora uno de los dos ha heredado la maldición —un ataque de tos, impregnado de sangre, interrumpió la despedida de la mujer—. Cuidad el uno del otro.

Carol tardó en comprender el significado de las palabras. Solo cuando vio el mechero que su madre había sacado del bolsillo, entendió lo que iba a hacer.

En solo unos segundos la pequeña chispa prendió el combustible y se convirtió en una gigantesca hoguera, en un fuego que calcinaría en menos de una hora todo lo que había en el interior de ese pozo. El calor de las llamas hacía que las lágrimas de los dos hermanos, que permanecían abrazados, se evaporaran antes de abandonar sus ojos.

A un precio demasiado alto, la pesadilla había terminado. Al menos hasta el año siguiente.

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© 2020 por Jorge Pérez García. Creado con Wix.com

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